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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1521

Guillaume era como un alborotador profesional.

Llegó a la mansión Allende y lo que parecía ser un asunto entre él y Vanesa…

¡Ahora, con su comportamiento inexplicable, lo había enredado todo!

La cosa se puso fea de verdad.

Sobre todo cuando Esteban se enteró de que Guillaume no solo había aparecido por la mansión, sino que también le había dicho ciertas cosas a Isa.

Y para colmo, hasta le había traído un regalo. Su expresión se endureció por completo.

De él emanaba un aura sombría y peligrosa.

La tensión fue tal que Yeray y Vanesa salieron huyendo, sin atreverse a permanecer en la escena ni un segundo más.

Pronto, solo quedaron Isabel y Esteban.

Esteban la atrajo hacia sí en un abrazo.

—¿Dónde está esa cosa?

Se refería al regalo que Guillaume le había dado.

Isabel, notando el disgusto en el tono de Esteban, se apresuró a responder:

—En cuanto lo sacaron de aquí a la fuerza, se lo lancé de vuelta.

¿Acaso a ella le faltaban cosas bonitas?

Jamás aceptaría un regalo de otro hombre.

En todos estos años, ¿qué no le había comprado Esteban? ¿Necesitaba ella aceptar regalos de otros?

Aunque el broche de mariposa que Guillaume le había ofrecido parecía carísimo, para Isabel no era más que un objeto común y corriente.

En su joyero no había nada que le faltara; tenía broches y pasadores de todos los diamantes imaginables.

Muchos de esos cachivaches estaban acumulando polvo.

Apenas tenía tiempo para usar todo lo que Esteban le regalaba, ¿cómo iba a ponerse algo de alguien más?

Esteban, que al principio estaba molesto, se calmó al instante con las palabras de Isabel: «lo sacaron a la fuerza» y «se lo lancé de vuelta».

Le dio un beso en la frente.

—Así me gusta.

Esa era la actitud que esperaba de su Isa.

—¿Ya terminaste tus pendientes? Volviste muy rápido —dijo Isabel.

—Sí —asintió Esteban—. Supe que Guillaume había venido y pensé que Vanesa todavía no regresaba.

—¿Será que Guillaume fingió su muerte en aquel entonces porque no quería comprometerse conmigo? —se preguntó Vanesa.

El compromiso lo estaban arreglando los mayores de ambas familias.

Los de su familia ni siquiera habían llegado a la mansión Allende cuando él ya se había «muerto».

Vanesa, por su parte, también había cancelado todo, pero justo cuando lo hizo, Guillaume murió.

—Es lo más probable —respondió Yeray.

Vanesa se quedó en silencio.

¡Vaya!

«Aunque no quisiera comprometerse conmigo, no tenía por qué morirse, ¿o sí?», pensó.

Hacía parecer que ella estaba desesperada por casarse con él, como si lo hubiera obligado.

¿Pero qué clase de persona era esa?

Había muchas formas de decir que no, ¿era necesario fingir la muerte?

De verdad que no entendía cómo funcionaba la mente de esa gente, siempre con ideas tan extrañas.

***

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