Fabio no supo cómo salió de allí.
Lucio lo esperaba fuera y, al verlo salir con el rostro petrificado, instintivamente miró detrás de él.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Lucio, incapaz de contenerse.
En todos los años que llevaba al lado de Fabio, nunca lo había visto con esa expresión de muerto en vida.
No, esperen, sí que lo había visto antes…
Fue por lo de Andrea.
El día que Andrea y Mathieu se casaron, cuando lo vio, también tenía esa misma cara.
Fabio cerró los ojos.
—La he abandonado, ¿he hecho mal?
Lucio se quedó en silencio.
¿Mal?
¡No, en absoluto!
Lavinia había hecho mucho daño durante años y, en Puerto San Rafael, Fabio siempre la había protegido.
Pero nadie puede ser un niño para siempre.
Cuando era más joven, se podía decir que sus fechorías eran cosas de niños.
Pero ahora era diferente.
Era una adulta y tenía que pagar por todo lo que había hecho.
Tenía que asumir la responsabilidad de sus actos.
—No ha hecho nada malo, señor. Ya es hora de que madure y sea capaz de responder por sus acciones —dijo Lucio después de pensarlo un poco.
—Entonces, ¿por qué ha intentado suicidarse si la he abandonado? —preguntó Fabio.
Suicidarse…
Esa palabra no le era ajena a Fabio.
Cuando su padre murió… no, ese no era su padre.
Él no era un Espinosa, no tenía derecho a llamarlo padre.
Pero, aunque no fuera su padre, desde el momento en que murió, Fabio se propuso proteger a cada miembro de la familia Espinosa.
Por eso, durante todos estos años, sin importar cómo fueran su madre o Lavinia, siempre las protegió.
Cumplió su promesa de protegerlos…
Pero al final, irónicamente, descubrió que él mismo no era un Espinosa.
Todo lo que había hecho, ¿no era ridículo?
Sí, eso era, calidez.
Cada vez que se acercaba a la señora Blanchet, esa sensación de calidez se intensificaba.
Era algo que la atraía, que la hacía querer estar más cerca.
—¿Tuviste un día agotador en el trabajo? —preguntó la señora Blanchet con amabilidad.
Andrea negó con la cabeza.
—No, hoy no tuve cirugías.
Si hubiera tenido cirugía, sí que habría sido agotador.
Sobre todo las operaciones largas, que te obligan a estar de pie en el quirófano durante horas.
—Si te gusta la comida, come un poco más —le dijo Andrea a la señora Blanchet.
No era de extrañar que tuviera tan buena figura. Después de dos comidas, Andrea se dio cuenta de que la señora Blanchet comía muy poco.
—No, ya he comido suficiente —respondió la señora Blanchet.
Se quedó pensando.
—La verdad es que Mathieu cocina de maravilla —añadió la señora Blanchet tras un momento.
***

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