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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 930

—¿Eh?

—¿Te acuerdas de cómo fue cuando le hizo cuentas a Dan? ¿Sí sabes, verdad?

Paulina se quedó pasmada por un segundo.

—S-sí, claro que sí…

Cómo olvidarlo. Fue un escándalo, una tormenta. Todos lo supieron: Vanesa casi despedazó a Dan. Literalmente lo mandó al hospital y estuvo internado un buen rato.

Isabel agregó, con voz tranquila:

—Así que si solo te está haciendo reclamos, ya considérate perdonada.

Porque si de verdad no te hubiera perdonado, con el carácter de Vanesa, seguro ya te habría hecho trizas.

Paulina suspiró, resignada.

—Entonces ni modo, me toca estar de pie frente a ella varias noches si es necesario…

A Isabel le dio un ataque de risa al escucharla.

Que hasta se ofreciera a cumplir el castigo… eso sí era nuevo.

Las dos platicaron un rato más antes de colgar. En ese momento, Carlos salió del baño, secándose el cabello, y se topó con Paulina sonriendo de oreja a oreja, más contenta que en mucho tiempo.

Mientras se pasaba la toalla por la cabeza, preguntó curioso:

—¿Qué pasó? ¿Por qué esa cara?

Paulina bajó la mirada, sus ojos se encontraron con el abdomen marcado de Carlos y sus mejillas se encendieron de golpe.

—Es que… mi amiga ya me perdonó.

—¿Te perdonó? —Carlos levantó la ceja, sorprendido.

Con lo explosiva que era Vanesa, eso sí era noticia. Cuando alguien la traicionaba, no se quedaba quieta. Si no, ahí estaba Dan, que terminó casi hecho pedazos.

—Isa me dijo que le echara ganas, que me disculpara y le hiciera cariños. Y sí, funcionó. Es un amor.

Carlos la miró, divertido.

—¿Y cómo le hiciste para hacerle cariños?

—¿Eh? —Paulina tartamudeó, y al ver la expresión de Carlos, que la miraba con una chispa traviesa, hizo puchero—. Ya no te voy a contar.

...

Mientras tanto, en casa de Vanesa, por fin sentía que se quitaba un peso de encima, aunque el malestar de su estómago seguía ahí.

Esa noche había cenado queso fundido y, por suerte, no vomitó…

Pero al volver a casa y comer algo de fruta, terminó devolviéndolo todo.

Yeray la miró preocupado:

—Mañana deberías ir al hospital.

Después de lo que había pasado con aquel paciente que se hacía pasar por doctor, Yeray ya no se atrevía a pedir visitas a domicilio.

Este pueblo sí que tenía cosas raras: hasta enfermos mentales pretendiendo ser doctores…

Vanesa, agotada después de vomitar, se dejó caer en el sillón.

—Creo que sí, necesito ir. No vaya a ser que tenga cáncer de estómago.

Mientras Yeray pensaba en cosas más graves, Vanesa intentaba buscarle una explicación más lógica: tal vez solo era un problema de salud, nada más.

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