—¿Le pediste ayuda a Mathieu solo por eso?
Isabel asintió con la cabeza.
—Sí, por eso.
¿Podría haber sido por otra cosa?
Esteban la miró de reojo, con esa expresión que a Isabel le molestaba tanto…
—¿Y ahora por qué me miras así? —le reclamó Isabel, haciendo un puchero mientras jalaba la camisa de Esteban, con los ojos brillando como si suplicara por atención.
—¿Cómo supiste que Céline está en Irlanda? —preguntó Esteban, sin apartarle la mirada.
—Me lo dijo Mathieu.
—¿Y por qué te lo dijo?
—Dijo que, si Andrea estaba con Céline, sería mucho más seguro para ella.
Esteban se quedó callado, el ambiente se detuvo por completo, como si de pronto el aire se hubiera vuelto más pesado entre ambos.
Isabel, incómoda por el silencio y la mirada de Esteban, insistió con voz bajita:
—¿Por qué me miras así? Ya no me veas de esa manera.
Esteban la fulminó con la mirada y soltó:
—¿O sea que Mathieu te contó que Céline está en Irlanda y que puede proteger a Andrea, y así fue como te convenció para que le pidieras ayuda?
—¡Eso no es cierto! Yo le pedí el favor porque no tengo mucha confianza con Céline, y quería que él me ayudara a llamarla.
Esteban negó con la cabeza, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
—Tu cabecita, Isabel…
Por un momento, Esteban se preguntó cómo había logrado sobrevivir Isabel todos esos años en Puerto San Rafael, con esa inocencia tan suya.
Le pellizcó la mejilla con ternura y murmuró:
—Debería ser él quien te pidiera el favor a ti.
Definitivamente, a Mathieu todavía le faltaba una buena lección.
...
Mientras tanto, en el estudio del segundo piso, Mathieu estaba tan ansioso que parecía hormiga en sartén caliente.
No dejaba de pensar en la posibilidad de que Isabel le contara todo a Esteban. Solo esperaba que la chica fuera lo suficientemente lista para guardar el secreto.
Pero, para su desgracia, Isabel ya no era la misma desde que quedó embarazada. Su capacidad para guardar secretos había desaparecido por completo.
En cuanto Esteban entró al estudio, la forma en que lo miró le puso los pelos de punta.
Al cruzar sus miradas, Mathieu tragó saliva sin poder disimular el nerviosismo.
—¿Qué te pasa? —balbuceó.
Esteban soltó una carcajada cortante, una de esas que te dejan claro que ya te vio la intención.
—Ya te vi la jugada… —le dijo con desdén.
—¿Te gusta Andrea, verdad? —preguntó de golpe, sin rodeos.
Esteban no tenía paciencia para los rodeos románticos.
Mathieu se quedó en shock, estancado como si se le hubiera trabado el cerebro. Miró a Esteban, incómodo y sin saber qué contestar.
—No es eso, hermano, yo…
—Mejor aprende de Carlos —lo interrumpió Esteban, sin dejarlo terminar.
La frase hizo que Mathieu se quedara aún más pasmado.
—¿Aprender de Carlos? ¿Por qué?
Esteban siguió, sin darle oportunidad de recuperarse.
—¿Cuánto llevan conociéndose Carlos y Paulina? Ya viven juntos y todo.
—¿Quééé?
Mathieu abrió los ojos como platos. ¿Carlos, el tipo más inexpresivo del mundo, ya vivía con Paulina?
No lo podía creer. Si Carlos había logrado conquistar a una mujer en tan poco tiempo, entonces algo estaba fuera de lo común. ¡Eso sí que no tenía sentido!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera: Gambito de Diamantes