—Entonces, Vanesa seguro está relacionada con él. Ahora mismo debe estar planeando quedarse con todo Lago Negro y hacer que todo vuelva a estar bajo su control —aventó Cristian, cada vez más furioso—.
—¡Todo esto es una trampa suya, fue él quien lo planeó!
Cuanto más lo pensaba, más se convencía Cristian. Y cuanto más convencido estaba, más le hervía la sangre...
Delphine permanecía en silencio, pero su expresión se iba tensando.
—Yo también creo que hay algo raro. Estos días casi todo lo que perdimos fue lo que estaba en nuestras manos. En cambio, Dan apenas sí ha perdido algo —comentó Delphine, apretando los labios—.
—Y si acaso perdió algo, ni se compara con lo nuestro, es casi nada.
Visto así, parecía que Dan solo fingía haber perdido unas cuantas cosas, mientras que ellos sí habían sido los verdaderos afectados.
—¡Ese tipo está metido hasta el fondo! ¡Seguro que es su plan! —soltó Cristian, fuera de sí.
—Ya basta, eso no es lo más importante ahora —interrumpió Delphine, cortante.
—¿Cómo que no? —replicó Cristian, sintiendo que su enojo aumentaba—. Si eso no es lo más importante, ¿entonces qué lo es?
Delphine lo miró fijamente.
—Tu papá va a hacerse una prueba de paternidad con Yenón y Ranleé.
—¿Qué dijiste? —Cristian, que ya estaba al borde de perder la paciencia, sintió que el mundo se le venía encima tras escuchar la noticia.
Miró a su madre, desconcertado—. Mamá, ¿de qué estás hablando?
¿Prueba de paternidad? ¿Qué demonios era eso en este momento?
Delphine respiró hondo, visiblemente molesta.
—Tu padre quiere hacerse la prueba con tus dos hermanas. En cuanto llegue hoy en la tarde, las va a llevar a hacerla.
Cristian se quedó sin palabras.
Delphine se acercó y le susurró con urgencia:
—Piensa en una solución, rápido.
—¿Una solución? Pero...
La cabeza de Cristian daba vueltas. Algo se le cruzó fugazmente por la mente, pero le costaba admitirlo. Miró a Delphine, incrédulo.
—¿Estás diciendo que Yenón y Ranleé tampoco...?
Al llegar a ese punto, sintió como si todo su mundo colapsara de golpe.
Delphine guardó silencio.
Cristian, en cambio, estaba a punto de perder el control.
—¿Cómo pudiste...? —murmuró, con la voz quebrada—. Cuando me enteré de que yo no era hijo de papá, ya fue suficiente para mí... ¿Ahora también mis hermanas?
—¡Mamá, tú...!
Delphine chasqueó la lengua, fastidiada.
—¿Ah? —contestó Carlos, medio dormido.
—Me estoy asando aquí —refunfuñó Paulina, haciendo un puchero.
Carlos era como un horno andante; en invierno, cuando la casa no tenía calefacción, seguro sería un lujo tenerlo abrazándola. Pero esa mañana no hacía nada de frío. Paulina sentía que se estaba derritiendo, sobre todo porque él la tenía envuelta en la cobija como si fuera un tamal.
Carlos se rio por lo bajo.
—¿No que anoche querías que te abrazara todo el tiempo? ¿Y ahora te molesta?
—Sí, ya me dio calor —murmuró Paulina, sintiendo cómo el sudor le corría por la espalda. Carlos ni se inmutaba, seguía aferrado a ella.
Él le puso la mano en la frente, comprobando que ya no tenía fiebre. Al ver que su temperatura estaba normal, por fin la soltó.
—Ve a bañarte. Al rato te llevo a desayunar.
Paulina asintió y se salió de la cama con esfuerzo. Sin embargo, por lo de la fiebre, apenas sus pies tocaron el suelo, sintió que las piernas le fallaban y casi se fue de bruces.
En el instante del susto, una mano fuerte la sostuvo de la cintura, y en un abrir y cerrar de ojos, volvió a aterrizar en los brazos de Carlos.
Detrás de ella sintió el calor de su respiración y la voz profunda de él la envolvió.
—¿Te tiemblan las piernas? Si anoche ni siquiera te hice nada —bromeó, divertido.
Paulina aspiró por la nariz, haciendo un quejido.
—Después de la fiebre, es como si hubiera corrido toda la noche, ¡me siento sin fuerzas!

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