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La Heredera Salió del Infierno romance Capítulo 482

Tigre le mostró su chaqueta a Leonor.

Luego, se frotó las manos, miró a su alrededor y, acercándose a Leonor, bajó la voz de repente.

—Doctora Sandoval, déjeme preguntarle algo en confianza…

—¿Ha habido algún avance con el veneno de Don Plácido?

En los últimos días, Tigre había sido testigo de la dedicación de Leonor hacia Plácido Ríos.

Tanto que había depositado todas sus esperanzas en ella, creyendo que quizás Leonor realmente podría curarlo.

Leonor se detuvo en seco y su voz se apagó.

—Sigo investigando.

La mirada de Tigre se ensombreció, pero rápidamente esbozó una sonrisa.

—¡No se preocupe, Doctora Sandoval! ¡Confío en usted! De todos los médicos que ha visto Don Plácido, usted es la más dedicada y la más capaz. No se presione demasiado ni se agote. Estoy seguro de que lo logrará.

El viento nocturno sopló y Leonor apretó con más fuerza el asa del recipiente térmico.

Aunque sabía que Tigre intentaba consolarla, sus palabras solo lograban que se sintiera peor.

Leonor respiró hondo y forzó una sonrisa, aparentando normalidad.

—Bueno, ya es tarde. Volvamos a casa.

Tigre la siguió de cerca, contándole entre balbuceos que ese día Plácido Ríos había vuelto a toser sangre pero se negaba a tomar sus medicinas.

Leonor escuchaba en silencio los detalles triviales que le contaba Tigre, pero en su mente, una sospecha comenzaba a tomar forma.

Cuando Leonor y Tigre llegaron a casa, Plácido Ríos aún no se había acostado.

Estaba sentado bajo el árbol del patio, con los ojos cerrados, meditando.

Al oír sus pasos, habló sin siquiera girarse.

—¿Ya volvieron?

Leonor miró a Tigre. Aunque él no entendió el significado de esa mirada, instintivamente supo que Leonor quería hablar a solas con Don Plácido.

Tigre se retiró.

Leonor se paró detrás de él, con la voz dura y fría.

—¿Usted supo desde el principio que no había esperanza de cura?

Levantó la vista hacia el cielo nocturno, con un tono tan tranquilo como si estuviera hablando del clima del día siguiente.

—Este veneno ha estado en mi cuerpo durante veinte años. Ya es parte de mi carne y de mi sangre.

—Si te soy sincero, el hecho de que siga vivo ya es una ganancia.

El pecho de Leonor se oprimió. —¿Entonces por qué me pidió que lo tratara desde el principio?

Eso hacía que sus esfuerzos desesperados de los últimos días parecieran ridículos.

Leonor siempre mantenía la calma, pero al descubrir la verdad, se sintió genuinamente enojada.

¿Acaso Plácido Ríos no estaba jugando con ella?

Plácido Ríos guardó silencio por un momento y luego dijo en voz baja:

—Porque quería ver… qué tan lejos podía llegar la discípula de la Abuela Vargas.

—Y quiero aclarar que no tenía intención de jugar contigo.

—Es solo que este veneno ha estado conmigo por demasiado tiempo. He consultado a muchos médicos, pero la mayoría perdió la esperanza, así que contigo…

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