—Naturalmente, esperaba lo mismo.
Plácido Ríos giró la cabeza, su mirada "ciega" dirigida hacia Leonor.
—Pero he visto el esfuerzo que has puesto en mí estos últimos días.
—No me has decepcionado.
Esa frase se clavó en el corazón de Leonor como un puñal.
Desde que comenzó a estudiar medicina con la Abuela Vargas, Leonor nunca había sufrido un golpe tan grande.
Las palabras de Plácido Ríos sonaban a consuelo.
Pero para Leonor, eran más bien una humillación.
Leonor lo miró con calma, exponiendo su falta de confianza con una precisión quirúrgica.
—Si otros no pudieron, ese es su problema.
—Para ser claros, el problema es que usted no confía lo suficiente en mí. Pero, por ahora, eso también es mi problema.
—No se preocupe, encontraré la manera. Lo curaré.
No solo por la Abuela Vargas, sino también como un gran desafío en su carrera médica.
Tenía que superar este obstáculo para volverse aún más fuerte.
Plácido Ríos notó la terquedad de Leonor, negó con la cabeza y no dijo nada más.
Tanteando, sacó del bolsillo lateral de su silla de ruedas un diario amarillento y se lo entregó.
—Esto es para ti.
Leonor lo tomó y abrió la primera página.
——El Manual de la Mano de Seda.
La caligrafía era fuerte y vigorosa, no parecía la de la Abuela Vargas.
La voz de Plácido Ríos flotaba en el viento.
—La Abuela Vargas solo te enseñó medicina, ¿no te enseñó esto?
—Esto es una recopilación de técnicas de defensa personal que he adaptado a lo largo de los años para que se complementen con la medicina. En los próximos días, usaré esto para instruirte a fondo.
—Y en cuanto a lo que harás después de aprender…
Plácido Ríos sonrió, hablando de su propia muerte con una ligereza desconcertante.
—No me digas que… ¿pasaste la noche aquí?
Xavier dejó el café que traía y frunció el ceño.
El ritmo que llevaba Leonor era demasiado intenso, algo no andaba bien.
Al oír la voz de Xavier, Leonor no levantó la cabeza. Su voz sonaba un poco ronca.
—Sí.
—No podía dormir, y como en casa no hacía nada, preferí venir al laboratorio a revisar algunas cosas. Por eso llegué temprano.
Los dedos de Leonor se movían rápidamente sobre el teclado, los datos en la pantalla se actualizaban constantemente, pero su mirada se volvía cada vez más sombría.
Seguía sin encontrar una salida.
Se sentía atrapada en un callejón sin salida, incapaz de encontrar el camino.
Por primera vez en mucho tiempo, Leonor sintió una punzada de ansiedad, pero la ocultó tan bien que era imperceptible desde el exterior.
Xavier se acercó, le deslizó una taza de café caliente y le dijo en tono de consuelo:
—Pero es muy temprano, seguro no has desayunado. Tómate este café para relajarte un poco.

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