Los dedos de la Doctora Elena palparon la parte baja de su abdomen con movimientos lentos y precisos. Su tacto era firme pero suave, irradiando un aura de profesionalismo clínico que no admitía nerviosismos.
—¿Le duele aquí? —preguntó sin apartar la vista.
Tania negó con la cabeza.
—No, nada.
La doctora asintió, moviendo las manos un poco más para continuar su exploración exhaustiva.
Tenía un pulso envidiable. Cada presión era calculada, sin un gramo de fuerza innecesaria.
—A simple vista, todo parece estar en orden.
La Doctora Elena se apartó, quitándose los guantes de látex para arrojarlos en el contenedor de residuos biológicos.
—Pero para estar seguras, vamos a hacerle una ecografía de rutina.
...
En la sala de ultrasonidos.
El gel conductor, helado al tacto, le hizo dar un pequeño respingo cuando tocó su vientre.
La doctora deslizó el transductor sobre la piel de Tania, con la mirada clavada en la pantalla del monitor. Entre las sombras grises y blancas, apareció una pequeña y nítida bolsa gestacional.
—El embarazo está en la sexta semana, aproximadamente.
La Doctora Elena señaló con un dedo un minúsculo punto en la pantalla mientras le explicaba los detalles a Tania.
—A juzgar por las imágenes, el embrión se está desarrollando con normalidad. Sin embargo, noto que sus niveles de progesterona están un poco bajos; va a tener que cuidarse muchísimo en las próximas semanas.
—De lo contrario, existe un riesgo considerable de aborto espontáneo.
Mientras hablaba, la doctora se tomó un segundo para analizar el rostro pálido y ojeroso de su paciente.
—Dígame, ¿cómo ha estado durmiendo últimamente?
Tania apretó los labios con fuerza.
—...La verdad es que bastante mal.
Llevar un embarazo nunca era un camino de rosas, pero la situación de Tania era un infierno particular. Entre las maniobras obsesivas para ocultar su secreto al mundo y el miedo constante a ser descubierta, ni siquiera se atrevía a tomar los suplementos más básicos para una mujer en su estado.

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