Justo en ese momento, el sonido de unos golpes contra la puerta quebró la quietud de la habitación. África frunció el ceño de inmediato, sorprendida, pues no estaba acostumbrada a recibir visitas tan temprano; a esa hora, nadie acudía a sus aposentos a menos que ella misma hubiese solicitado el desayuno.
No dijo nada en voz alta, pero murmuró para sí, casi sin mover los labios, con una inquietud creciente.
—¿Quién será…?
La respuesta llegó antes de que pudiera ordenar sus pensamientos. Del otro lado de la puerta se alzó una voz masculina, potente y grave, inconfundible en su autoridad.
—África —dijo—. Soy Asherad. Necesito hablar contigo.
El sobresalto fue instantáneo. África se irguió de un salto, como si un resorte la hubiese impulsado fuera del sillón. El pulso se le aceleró al recordar, con una claridad alarmante, que Sigrid se encontraba allí dentro.
Sigrid también lo comprendió al instante: ambas se tensaron, alertas, presas del nerviosismo. Asherad jamás había visto a Sigrid de frente; desconocía por completo que aquella joven existiera, que viviera relegada en un rincón de su propia mansión. África sabía que no podía permitir, bajo ningún concepto, que él lo descubriera.
Con un susurro urgente, se giró hacia Sigrid.
—¡Sigrid, debes esconderte! —ordenó.
Los ojos de Sigrid se abrieron, desbordados de ansiedad.
—¿Dónde, mi Luna? —preguntó, casi sin aliento—. ¿Dónde me escondo?
África señaló con rapidez el único lugar posible.
—¡Debajo de la cama! No te muevas, no hagas ningún ruido. Quiero un silencio absoluto, sepulcral. Ni siquiera respires. ¡El Alfa no debe enterarse de que estás aquí! ¡Vamos, rápido! ¡Entra ya!
No hubo tiempo para más palabras. Sigrid se agachó con torpeza y se dejó caer al suelo, apoyó las manos en las baldosas frías y, conteniendo el aliento, se deslizó bajo la cama, acomodándose como pudo en el espacio estrecho y oscuro.
África se irguió con rapidez, obligándose a recomponer la postura mientras intentaba regular la respiración. Inspiró profundamente una, dos veces, como si aquello pudiera aquietar el temblor que le recorría el cuerpo.
Desde el otro lado de la puerta, la voz de Asherad volvió a resonar con una impaciencia que erizaba la piel.
África se quedó unos segundos anonadada al verlo avanzar con aquella elegancia natural. La imagen del Alfa imponía incluso cuando permanecía en silencio. Sin embargo, tras ese instante de desconcierto, reaccionó con rapidez. Enderezó los hombros, suavizó la expresión y moduló la voz, volviéndola dócil, respetuosa, muy distinta a la firmeza con la que solía dirigirse a Sigrid.
—Alfa… —pronunció al fin, inclinando la cabeza—. ¿A qué debo su visita? Es bastante extraño que venga tan temprano a estas horas de la mañana. ¿Puedo ayudarlo en algo?
El tono era cuidadosamente sumiso, como correspondía a su posición frente a él. África sabía muy bien cómo debía hablarle. Con Sigrid, su voz se endurecía, se volvía autoritaria y cortante; con Asherad, en cambio, cada palabra era medida, desprovista de cualquier atisbo de desafío.
La verdad era que la relación entre ambos distaba mucho de lo que se esperaba de un Alfa y su Luna. África solo compartía tiempo con Asherad cuando la situación lo exigía estrictamente: durante los encuentros destinados a intentar concebir un heredero, o en aquellos eventos solemnes e importantes del Clan en los que la presencia conjunta de la pareja gobernante resultaba indispensable. Fuera de esos momentos, no existía convivencia alguna entre ellos.
No desayunaban juntos ni compartían conversaciones triviales. No paseaban por los jardines ni intercambiaban confidencias al final del día. África no se acercaba a él para preguntarle cómo había sido su jornada, ni Asherad acudía a ella por simple compañía.
El estudio del Alfa, donde se resolvían los asuntos del Clan y se tomaban decisiones cruciales, era un espacio vedado para ella; tenía terminantemente prohibido entrar allí o interrumpirlo. No había confianza, ni complicidad, ni cercanía. No eran amantes en el sentido emocional, ni amigos, ni siquiera una pareja unida por afecto. Eran, en esencia, dos figuras cumpliendo un rol impuesto.
Por todo ello, la presencia de Asherad en su alcoba, a esas horas de la mañana y sin un motivo evidente, le resultaba profundamente extraña. África lo observaba con cautela, consciente de que aquella visita no podía ser casual.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA LOBA DE LAS CICATRICES Y SU ALFA OBSESIVO