Elara
“Esto fue mala idea. Debería irme”. Hice un intento débil de salir de la jaula que formaban sus brazos y la puerta.
—¿A dónde vas a ir? ¿Hay alguien más con quien preferirías quedarte? —No cerró la distancia; aquello no era coqueteo. El calor de su enojo siempre era palpable, una presencia constante, pero en ese momento estaba al máximo.
—No, yo… eh… Esto no es buena idea. Ya veré qué hago. —Me giré otra vez para salir de su agarre que no era agarre. Parpadeé y me di cuenta de que, aparte de jalarme a su habitación, no me había tocado. Me miraba fijo a los ojos, buscando algo. Esos ojos color chocolate eran profundos e intensos. Respiró hondo; cuando soltó el aire, me abanicó la cara y sentí algunos mechones rebeldes rozarme las mejillas. Debió ver algo en mi expresión.
—Está bien, Elara. —Se apartó de mí—. Puedes quedarte. Solo dame un minuto para terminar.
Con eso, se alejó. La vista de espaldas era igual de tentadora que de frente. Y en ese momento supe que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que estuve con un macho. Ver los músculos de la espalda flexionarse al caminar no debería excitarme.
“Todo lo que tu compañero hace debería excitarte”.
“No estás ayudando”.
“Solo señalo cosas que pareces estar ignorando… como lo obvio: lo tremendamente bueno que está tu compañero. ¡Míralo!”

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