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La mujer que el CEO nunca eligió romance Capítulo 1

Valeria.

La noche que entendí que yo no era el amor de Damián Armand, fue la noche que cambio completamente mi vida.

Esa noche, con un vestido negro pegado al cuerpo, una prueba de embarazo sin abrir escondida en el bolso y el corazón haciendo el ridículo dentro de mi pecho, latiendo como si todavía tuviera esperanza fue que entendi que para Armand yo siempre seria su secreto. Qué vergüenza da recordar eso.

Durante casi un año, Damián me había tenido en la parte oscura de su vida. No era su novia. No era su prometida. No era la mujer que podía tomarle la mano en una cena o caminar a su lado frente a las cámaras. Era la mujer que recibía mensajes de madrugada. La que subía a su penthouse a altas horas de la noche. La que conocía el peso de sus manos en la cintura, la forma en que su respiración cambiaba cuando me acercaba, el tono de su voz cuadno decía mi nombre antes de besarme como si yo fuera lo único que lograba romperle el control.

Y eso era lo más cruel: cuando estábamos solos, Damián no parecía un hombre frio, me miraba como si me necesitara, me besaba como si fuera la mujer de su vida.

Me retenía contra su pecho después de hacerme olvidar todas mis dudas y me susurraba “quédate” con una voz tan ronca, tan peligrosa, tan suya, que yo terminaba creyendo que quizá un día ese “quédate” no sería solo para una noche.

Pero al amanecer, todo cambiaba.

Él volvía a ser Damián Armand, el CEO intocable del Grupo Armand, el hombre de traje impecable, apellido poderoso y mirada fría. Y yo volvía a ser Valeria Montes, la mujer que salía por la puerta sin hacer ruido, acomodándose el cabello en el ascensor, fingiendo que no dolía ser amada solamente cuando nadie podía verlo.

—El viernes tengo una gala importante. No voy a poder verte. —Susurro acariciando mi espalda luego de una deliciosa sesión.

—¿No puedo ir? —pregunté, intentando que sonara como una broma. Él levantó la mirada y me observó con calma.

—No es buena idea. —Ahí estaba. Otra puerta cerrándose con suavidad sobre mis dedos.

—Claro —respondí —No vaya a ser que alguien me vea respirar cerca de ti.

—Valeria. —Gruño un poco apretando mi cintura.

—No, tranquilo. Entendí. —Se levantó de la cama y se cambio rápido. Dejó un beso en mi frente y se fue dejándome sola.

Ese viernes fui a la gala porque estaba cansada de fingir que eso era suficiente.

El evento se celebraba en uno de esos hoteles donde hasta el aire parecía caro. Luces doradas, copas de cristal, flores perfectas, hombres hablando de negocios con sonrisas falsas y mujeres vestidas como si jamás hubieran llorado por alguien que no las eligió.

Yo caminé entre ellos sintiéndome fuera de lugar, aunque nadie me mirara demasiado. Esa era la ventaja de ser invisible: podías entrar a un mundo que no era tuyo sin que nadie sintiera la necesidad de expulsarte. Para ellos yo era una asistente más, una invitada de segunda, una sombra.

En el bolso llevaba una prueba de embarazo.

No me la había hecho todavía, no había tenido valor. Llevaba días con náuseas, cansancio y un retraso que me repetía que podía ser estrés, que podía ser cualquier cosa, que no tenía por qué ser eso. Pero en el fondo sabía que mi cuerpo estaba intentando decirme algo y que mi corazón, pobre idiota, había decidido convertir ese miedo en una posibilidad.

Quizá si estaba embarazada, Damián tendría que detenerse.

Quizá si se lo decía, dejaría de esconderme.

Quizá un hijo le daría el valor que no había tenido por mí.

Qué pensamiento tan triste. Como si una mujer tuviera que llevar vida dentro para merecer un lugar.

Lo vi cerca del escenario principal.

Damián estaba hermoso, y eso me dio rabia. Debería haber tenido el aspecto de los hombres cobardes: torcido, pequeño, feo. Pero no, estaba impecable en su traje oscuro, con el cabello perfectamente peinado, la mandíbula un poco tensa y esa presencia capaz de alterar cualquier habitación. A su lado estaba Isabela Ferrer.

También la conocía. Todos la conocían.

Era la mujer correcta. La de apellido poderoso, fortuna, sonrisa elegante y familia de la alta sociedad. La que su madre habría elegido sin dudar. La que podía estar junto a él sin que nadie hiciera preguntas. Llevaba un vestido color champán y una seguridad tranquila, casi ofensiva, como si ya supiera que todos los lugares importantes le pertenecían.

Damián levantó la mirada y me vio.

Por un instante, algo se quebró en su expresión. Fue rápido, casi invisible para cualquiera que no lo conociera. Pero yo sí lo conocía. Conocía la forma en que apretaba la mandíbula cuando algo lo tomaba por sorpresa. Conocía esa tensión en sus ojos. Conocía su manera de enfadarse cuando algo se salía de su control.

Caminó hacia mí. No sonreí. No pude.

—Valeria —dijo en voz baja cuando llegó a mi lado—. ¿Qué haces aquí? —No me preguntó si estaba bien. No me dijo que me veía hermosa. No me tocó. Solo miró alrededor, preocupado por los ojos ajenos. Y ahí, antes de que todo explotara, ya me dolió.

—También me alegra verte —respondí, con una calma que no sentía. Damián se acercó un poco más.

—Te dije que esta noche era complicada.

—Tú siempre dices eso cuando hay peligro de que alguien me vea cerca de ti. —Su mirada se endureció.

—No empieces.

—No vine a empezar nada, Damián. Vine a hablar contigo.

Él me tomó del brazo con suavidad, pero con esa firmeza suya que siempre parecía una orden disfrazada de gesto. Me condujo hacia un pasillo lateral, lejos de las cámaras, lejos de las copas, lejos del mundo. Casi me reí. Incluso para discutir conmigo necesitaba esconderme.

El pasillo estaba apenas iluminado y el ruido del salón llegaba amortiguado, como si la fiesta estuviera ocurriendo en otra vida.

—No debiste venir —repitió. Me solté de su mano.

—Y yo me cansé de obedecer órdenes que solo sirven para esconderme.

Sus ojos bajaron a mi boca un segundo. Fue apenas eso, un segundo, pero mi cuerpo lo sintió como una traición. Porque todavía lo deseaba, porque todavía recordaba su boca en mi cuello, sus manos buscándome debajo de la ropa, su voz diciéndome que no pensara, que me quedara, que esa noche era nuestra. Odié que incluso herida pudiera reaccionar a él.

Damián también lo notó. Se acercó lo suficiente para que su perfume me golpeara la memoria.

—Valeria…

—No —lo corté—. No digas mi nombre así.

—¿Así cómo?

—Como si fuera una forma de callarme. —Su expresión cambió apenas.

—No es el momento. —Sentí el bolso contra mi costado. La prueba sellada esperando por que la hiciera dentro. La posibilidad de positivo. El miedo.

—Necesito decirte algo importante.

—Después. —Me reí bajito, sin alegría.

—Nunca es ahora contigo. —Esa frase se quedó entre los dos.

Damián no respondió de inmediato. Por un momento creí que iba a tocarme. Tal vez a besarme. Tal vez a hacer lo de siempre: convertir mi rabia en deseo, mis preguntas en silencio, mi dignidad en una prenda tirada sobre el piso de su habitación. Y lo peor fue que una parte de mí quiso que lo hiciera, porque amar a alguien que te rompe también tiene esa parte vergonzosa: una quiere odiarlo, pero el cuerpo recuerda caminos que el orgullo intenta borrar.

Antes de que pudiera decir algo más, una voz lo llamó desde el salón.

—Valeria. —Seguí caminando. Él me tomó del brazo. Esta vez me solté de golpe.

—No me toques. —Damián se quedó inmóvil.

—No era así como debías enterarte. —Me giré hacia él con una risa rota.

—¿Y cómo debía enterarme? ¿Después de que me besaras como si no fueras a casarte con otra? —Su rostro se tensó.

—Es complicado.

—No. Lo complicado era amarte en silencio. Lo tuyo fue cobardía.

La palabra cayó entre los dos como una piedra.

Él no la negó.

Y eso terminó de romperme.

Por un segundo, mi mano fue al bolso. A la prueba. Al secreto que todavía no era certeza. Estuve a punto de decirle: “Creo que estoy embarazada”. Estuve tan cerca que las palabras me quemaron la garganta.

Pero lo miré con su traje perfecto, con el compromiso recién anunciado, con el mundo entero esperándolo detrás, y entendí que no podía hacerlo. No iba a poner a mi hijo, si existía, como boleto de entrada a una vida donde yo nunca tuve lugar. No iba a usar una criatura para mendigar una elección.

—Adiós, Damián —dije. Y esta vez, cuando me fui, no miré atrás.

Llegué a mi apartamento con los tacones en la mano, el maquillaje corrido y una calma extraña que me asustó más que el llanto. Cerré la puerta, dejé el bolso sobre la mesa y saqué la prueba de embarazo.

La miré durante varios segundos.

Luego entré al baño.

Mis manos temblaban tanto que casi dejé caer la caja. Hice todo como indicaban las instrucciones y después me senté en el borde de la bañera a esperar. Cinco minutos. Solo cinco. Pero a veces cinco minutos pueden contener una vida entera.

Cuando miré el resultado, el aire desapareció.

Dos líneas.

Dos malditas líneas.

Me llevé una mano a la boca. No grité. No lloré de inmediato. Solo me quedé mirando esa prueba blanca, pequeña, cruel, sintiendo que el mundo volvía a partirse, pero esta vez no solo por mí.

Estaba embarazada.

De Damián Armand.

Del hombre que me había tomado en secreto y elegido a otra en público.

Me deslicé hasta el suelo, apoyé la espalda contra la pared fría y puse una mano sobre mi vientre, aunque todavía era demasiado pronto para sentir algo. Aun así, lo hice. Porque de pronto ya no estaba sola. De pronto había una vida diminuta dentro de mí, una vida que no tenía culpa de la cobardía de su padre ni de mi mala costumbre de amar donde no debía.

Esa noche entendí dos cosas: Damián Armand nunca iba a elegirme y yo llevaba dentro al único amor suyo que no podría esconder.

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