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La mujer que el CEO nunca eligió romance Capítulo 2

Valeria.

Amanecí con una prueba positiva sobre el lavamanos y una certeza clavada en el pecho: mi hijo no iba a nacer mendigando el lugar que a mí me negaron.

No sabía cuánto tiempo había dormido, si es que a eso se le podía llamar dormir. Me desperté en mi cama con el cuerpo pesado, la garganta seca y los ojos ardiendo como si hubiera llorado incluso mientras estaba inconsciente. El vestido negro estaba tirado junto a la puerta del baño, los tacones habían quedado abandonados en mitad del cuarto y la prueba seguía ahí, pequeña, blanca, silenciosa, con esas dos líneas que habían partido mi vida en dos.

Me levanté despacio. Por un segundo quise creer que todo había sido una pesadilla: la gala, Isabela, el anillo, Damián mirándome desde el escenario sin moverse. Pero bastó ver la prueba para que la realidad me golpeara otra vez.

Estaba embarazada. De Damián Armand.

Me llevé una mano al vientre, aunque todavía no había nada que sentir. Solo piel, miedo y una vida diminuta que ya me obligaba a pensar distinto. La noche anterior yo había salido del hotel rota por una traición. Esa mañana ya no podía permitirme romperme igual. Había alguien más. Alguien que no tenía culpa de que su padre fuera un cobarde con traje caro y manos demasiado buenas para tocar, pero demasiado inútiles para sostener.

Tomé el celular.

La conversación con Damián estaba arriba, como si también se negara a desaparecer. Me quedé mirando su nombre durante varios segundos. Parte de mí quería bloquearlo, borrar todo, fingir que ese hombre jamás había existido. Pero otra parte, la que aún intentaba actuar con justicia aunque doliera, sabía que él debía saberlo.

No porque lo mereciera. Porque mi hijo sí merecía una verdad limpia desde el principio.

Escribí:

Necesito verte. Es importante.

Lo envié antes de arrepentirme.

Me quedé con el teléfono en la mano, esperando. Un minuto. Cinco. Quince. Nada. Preparé café, pero el olor me revolvió el estómago y tuve que apartarme rápido del mesón. Me apoyé en el fregadero, respirando por la boca, con las náuseas subiendo y una rabia absurda creciendo detrás de ellas.

Hasta mi cuerpo parecía gritarme que todo había cambiado.

El mensaje apareció como leído casi una hora después.

No respondió de inmediato.

Claro que no.

Damián Armand podía tenerme desnuda entre sus brazos hasta la madrugada, podía pedirme que me quedara, podía buscarme con urgencia que me hacía creer que yo le importaba, pero cuando yo necesitaba algo, cuando de verdad importaba, siempre había una reunión, una gala, una madre, una prometida, un mundo entero delante de mí.

Al fin, el celular vibró.

Hoy no puedo. Hay mucho que resolver después de lo de anoche.

Leí el mensaje con una calma tan fría que me asustó.

“Lo de anoche.”

Para él, lo de anoche era un asunto que resolver. Un daño de imagen, quizá. Una conversación incómoda. Una amante herida en el lugar equivocado. Para mí había sido el momento exacto en que entendí que nunca tendría un sitio en su vida.

Respondí con los dedos temblando.

No es sobre la gala. Es sobre nosotros.

Esta vez tardó menos.

Valeria, no hagamos esto más difícil.

Me reí. Una risa seca, sin gracia, que se me quebró en la garganta.

No hagamos esto más difícil.

Como si yo fuera la dificultad. Como si mi dolor fuera un problema que él podía archivar entre dos juntas. Como si la vida creciendo dentro de mí tuviera que pedir permiso para existir en su agenda.

Dejé el celular sobre la mesa y cerré los ojos.

No. No iba a decírselo por mensaje.

No iba a permitir que mi hijo empezara su historia entre dos frases frías y una pantalla. Si Damián iba a rechazar esa verdad, al menos tendría que hacerlo mirándome a los ojos.

Me vestí con lo primero decente que encontré: pantalón negro, blusa clara, un abrigo liviano. Me peiné con las manos, me puse un poco de corrector para esconder la noche en mi cara y guardé la prueba en el bolso, envuelta en un pañuelo. Antes de salir, tomé una hoja de papel.

No sabía si él me recibiría.

Con Damián, hasta las verdades urgentes necesitaban cita previa.

Así que escribí.

Damián:

Estoy embarazada. No te escribo esto para pedirte un lugar, ni para obligarte a elegirme ahora que no supiste hacerlo cuando importaba. Te lo digo porque este bebé no merece empezar su vida en una mentira. Yo no voy a criar a mi hijo como un secreto.

Valeria.

Doblé la carta, la metí en un sobre y salí de mi apartamento antes de que el miedo me clavara al suelo.

La Torre Armand se alzaba en medio de la ciudad como si estuviera hecha para recordarles a todos quién mandaba. Vidrio, acero, mármol, seguridad. Al entrar, sentí el mismo golpe que la noche anterior, pero distinto. Ya no venía como la mujer enamorada que quería explicaciones. Venía como una madre, aunque todavía me temblara todo al pensar esa palabra.

El lobby olía a flores frescas y café de esos que seguro costaban más que mi mercado de una semana. En una pantalla enorme apareció la noticia del compromiso. Damián e Isabela. Una foto de los dos en la gala. Ella levantando la mano, mostrando el anillo. Él serio, elegante, perfecto.

Damián Armand e Isabela Ferrer anuncian unión empresarial y familiar.

Unión familiar.

Me dieron ganas de vomitar, y esta vez no supe si por el embarazo o por el asco.

Me acerqué a recepción.

—Buenos días. Necesito ver al señor Armand. 3La recepcionista me miró con una sonrisa profesional.

—¿Tiene cita? —Casi me reí. No, no tenía cita. Tenía un hijo suyo creciendo dentro de mí, pero al parecer eso no aparecía en el calendario corporativo.

—Dígale que soy Valeria Montes. Es urgente.

La mujer hizo una llamada en voz baja. Asintió un par de veces y luego me miró.

—Puede esperar un momento.

Esperar.

Siempre esperar.

Me senté en uno de los sillones y apreté el sobre dentro del bolso. Pasaron diez minutos. Luego veinte. El reloj del lobby parecía burlarse de mí con cada segundo.

Entonces la vi.

Isabela Ferrer entró como si el edificio fuera una extensión natural de su apellido. Llevaba un traje claro, el cabello recogido y el anillo brillando en su mano como una pequeña victoria cruel. Me vio de inmediato. Sonrió apenas.

Y supe que venía hacia mí.

—Valeria —dijo, con esa voz suave que usan algunas mujeres cuando quieren herirte sin arrugarse—. No pensé que tendrías valor de venir.

Me puse de pie.

—No vine por ti.

—Lo sé. Pero tendrás que pasar por mí.

Sentí una punzada en el vientre, no de dolor físico, sino de miedo. Me obligué a mantenerme firme.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Yo sí contigo. —Isabela inclinó la cabeza, observándome como si fuera algo fuera de lugar sobre una mesa elegante—. Damián está ocupado. Hay asuntos importantes del compromiso que resolver.

—Eso puede decírmelo él.

—¿De verdad necesitas que lo haga? —Su sonrisa se afiló—. Damián ya eligió frente a todos, Valeria. No te humilles obligándolo a repetírtelo en privado.

La frase me golpeó donde todavía estaba abierto.

Apreté el bolso.

—No sabes nada.

—Sé lo suficiente. Sé que fuiste un capricho. Uno intenso, quizá. Pero capricho al fin. Los hombres como Damián pueden jugar con mujeres como tú en privado, pero se casan con mujeres que pertenecen a su mundo.

Respiré hondo, aunque el aire me raspó por dentro.

—Qué triste debe ser sentir orgullo por ser una elección conveniente.

Por primera vez, su sonrisa tembló.

Antes de que respondiera, escuché voces cerca del pasillo ejecutivo. Reconocí la de Renata Armand, fría como siempre.

—Tienes que cerrar de una vez ese asunto con esa mujer —decía—. No permitiré que una aventura arruine lo que acabamos de anunciar.

Me quedé inmóvil.

Luego escuché la voz de Damián.

—Yo me encargaré de Valeria.

El mundo se me hizo pequeño.

Yo me encargaré de Valeria.

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