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La mujer que el CEO nunca eligió romance Capítulo 4

Valeria.

Cinco años después, volví al edificio donde había dejado la última carta que Damián Armand nunca respondió.

Me quedé unos segundos frente a la Torre Armand con la carpeta apretada contra el pecho y el corazón haciendo un escándalo ridículo debajo del blazer. El edificio seguía igual: alto, frío, brillante, como si lo hubieran construido no solo para hacer negocios, sino para recordarle al resto del mundo que algunas personas nacían con puertas abiertas y otras aprendíamos a esperar afuera. La última vez que había pisado ese lobby, llevaba una prueba positiva escondida en el bolso, una carta temblando entre los dedos y una esperanza tan rota que me daba vergüenza recordarla. Esta vez mi nombre no iba escrito en una carta desesperada. Iba impreso en un gafete profesional.

Valeria Montes — Directora Creativa.

Lo miré apenas me lo entregó la recepcionista. No sé por qué ese plástico pequeño me hizo respirar mejor. Tal vez porque durante demasiado tiempo mi nombre no había tenido espacio en la vida de Damián. No en público. No en sus eventos. No frente a su madre. No frente a las cámaras. Ahora, al menos, estaba allí por contrato, por talento y por derecho. Ya no había entrado como secreto. Ya no estaba pidiendo permiso para.

El celular vibró en mi mano antes de llegar al ascensor. Era Sofía.

—Dime que no te desmayaste frente al edificio, porque estoy lejos y hoy no me puse zapatos para correr —soltó apenas contesté.

Casi sonreí.

—Estoy viva.

—Bien. Recuerda: no eres fantasma oculto de penthouse, eres directora creativa. Entras, respiras, sonríes y cobras caro.

—Gracias por hacerlo sonar como algo elegante.

—Lo es. Emocionalmente, mínimo. Y si el señor hielo intenta mirarte como antes, tú lo miras como si fuera un bicho insignificante, mejor dicho, como lo que es.

Esta vez sí se me escapó una risa bajita.

—Eres terrible.

—Soy necesaria. Ahora sube y no olvides que ese hombre perdió el derecho a verte temblar. —Tragué saliva.

—Lo sé.

Pero saberlo no evitó que el ascensor se sintiera como una caja demasiado pequeña cuando las puertas se cerraron. Mariana, mi jefa, iba a mi lado revisando algo en su tableta. Impecable, profesional, feliz por la oportunidad de tener a un cliente como el Grupo Armand. Para ella, aquello era una campaña enorme. Para mí, era caminar de regreso hacia una herida con tacones nuevos.

—¿Estás bien? —me preguntó, sin levantar mucho la voz.

Miré mi reflejo en las puertas metálicas. Cabello ordenado, labios suaves, traje elegante. Por fuera, una mujer preparada. Por dentro, una madre que había pasado la noche mirando a su hijo dormir y preguntándose si estaba cometiendo el peor error de su vida.

—Estoy lista —respondí.

No dije que estaba bien, porque no quería mentir tanto.

El ascensor se abrió en el piso treinta y siete. Un pasillo amplio, silencioso y lleno de vidrio nos recibió. Todo olía a café caro, madera pulida y poder. Cada paso hacia la sala de juntas me hizo recordar otro pasillo, otra noche, otra versión de mí esperando que Damián eligiera algo distinto. Pero esa Valeria se había quedado en el pasado. O eso intenté decirme cuando la asistente abrió la puerta y nos anunció.

La sala era enorme. Una mesa larga ocupaba el centro. Había ejecutivos sentados a ambos lados, portátiles abiertos, vasos de agua, carpetas perfectamente alineadas. Y en la cabecera estaba él.

Damián Armand.

Mi cuerpo lo reconoció antes que mi orgullo pudiera defenderme.

Seguía siendo injustamente hermoso. Más maduro, sí. Más duro también. El tiempo le había marcado apenas unas líneas cerca de los ojos, pero en lugar de hacerlo ver cansado, lo hacía parecer más peligroso. Llevaba un traje oscuro que le quedaba como si fuera una segunda piel, una camisa blanca impecable y una mirada fría capaz de imponer silencio sin pedirlo.

Estaba revisando unos documentos cuando entramos. Alzó la vista con la calma y entonces me vio.

El mundo se detuvo en sus ojos.

No fue un gesto grande. Damián nunca regalaba demasiado. Pero lo vi. La forma en que sus dedos se quedaron quietos sobre el papel. La tensión mínima en su mandíbula. El golpe de sorpresa cruzándole la mirada antes de que pudiera esconderlo. Durante cinco años imaginé muchas veces ese momento. Algunas, él me veía y sufría. Otras, no sentía nada. La realidad fue peor: me miró como si el pasado hubiera entrado por la puerta vestido de gris y con la espalda recta.

—Valeria —dijo.

Mi nombre en su voz me tocó por dentro con una indecencia que me dio rabia. Porque todavía recordaba esa voz diciendo mi nombre en la oscuridad. Contra mi boca. Sobre mi piel. En una cama donde yo creía que el deseo podía convertirse en amor si una esperaba lo suficiente.

No le di ese poder.

Incliné la cabeza, apenas.

—Señor Armand.

El golpe le llegó. Lo vi en sus ojos. Pequeño. Preciso. Sabroso.

Mariana hizo las presentaciones sin notar que, en esa sala, acababa de abrirse una guerra silenciosa. Me senté, saqué mi portátil y conecté la presentación con una calma que me costó más de lo que habría admitido. Mis manos no temblaron. Ese fue mi primer triunfo del día.

La reunión comenzó.

Al principio, Damián no dijo casi nada. Observaba. Eso siempre lo había hecho bien. Antes me observaba como si pudiera desnudarme sin tocarme; ahora me observaba como si intentara encontrar a la mujer que se le había perdido cinco años atrás. Mala suerte para él: esa mujer ya no existía completa.

Cuando me tocó presentar, me puse de pie.

—El Grupo Armand no necesita una campaña bonita —dije, pasando la primera diapositiva—. Necesita una narrativa que reconstruya confianza. Y la confianza no se recupera fingiendo que nada se rompió.

Algunos ejecutivos tomaron nota. Mariana asintió con orgullo discreto.

Damián no apartó los ojos de mí.

—Una marca puede sobrevivir a una crisis —continué—, pero no a una mentira sostenida demasiado tiempo. Las historias escondidas siempre terminan saliendo de la peor manera.

El silencio que siguió fue leve para los demás.

Para nosotros, no.

Damián apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Está sugiriendo que esta empresa ha escondido demasiado, señorita Montes?

Su voz era profesional. Su mirada, no.

Lo miré de frente.

—Estoy diciendo que ninguna imagen se reconstruye ocultando las grietas. Tarde o temprano, alguien las ve.

Él apretó apenas la mandíbula.

Ay, Damián. Qué bonito era verlo entender los cuchillos aunque nadie más los viera.

Seguí presentando. Hablé de posicionamiento, confianza, legado, percepción pública. Hablé como profesional, pero cada frase tenía un veneno fino que él podía probar si quería. La Valeria de antes habría bajado la mirada. Esta no. Esta había aprendido a sostenerse en salones más difíciles que una junta empresarial: hospitales con un bebé enfermo, madrugadas sin dinero, cumpleaños donde faltaba una silla que Mateo no sabía nombrar.

En un momento, Damián se levantó para mirar una de las diapositivas más de cerca. Se acercó a la pantalla, y con él vino su perfume. El mismo. O quizá mi memoria era cruel y lo completó por su cuenta. Sentí su presencia a mi lado, demasiado cerca, demasiado familiar. Su mano rozó el borde de mi carpeta cuando señaló una cifra.

No me tocó.

Pero mi piel lo recordó.

Maldita piel traidora.

—Esta fase parece ambiciosa —dijo.

—Lo es.

—¿Está segura de poder manejarla?

Lo miré con una sonrisa tranquila.

—He manejado cosas más difíciles que una campaña, señor Armand.

Capítulo 4 1

Capítulo 4 2

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