Tomó aire un par de veces hasta que sus emociones se estabilizaron por completo. Miró a Benjamín con los ojos enrojecidos y su tono se volvió gélido.
—Bien, nos divorciamos.
Al final, el resultado iba a ser el mismo, ¿para qué molestarse en luchar contra el proceso?
Si él no valoraba la culpa que ella sentía por él, entonces no tenía caso seguir perdiendo el tiempo a su lado.
Además...
Siempre había tenido una espada colgando sobre su cabeza, sin saber en qué momento caería; que se divorciaran también era lo mejor.
Al menos así, él no saldría perjudicado por su culpa.
Josefina dio media vuelta y se marchó.
Lorena los había estado esperando en la sala. Al verla salir, estuvo a punto de hablar, pero notó sus ojos hinchados y enrojecidos.
Se sorprendió y se acercó rápidamente para preguntarle:
—Jose, ¿qué te pasa? ¿Estuviste llorando? ¿Acaso te hizo algo malo?
—No, estoy perfectamente —respondió Josefina.
Lorena no le creyó en absoluto.
—Voy a ir a reclamarle, ¿por qué demonios tiene que hacerte llorar...?
Sin embargo, al girar la cabeza, vio subir a Benjamín, con la marca de una bofetada en la mejilla y el rostro sumamente pálido, sin lucir mucho mejor que Josefina.
Se quedó pasmada, mirando alternativamente a Josefina y a Benjamín.
Pronto comprendió que las cartas se habían puesto sobre la mesa.
Por un momento, no supo qué decir.
Josefina subió las escaleras para empacar su equipaje y abandonó Residencial Valle Niebla una vez más.
Antes de irse, le dijo a Lorena:
—Te pido que cuides muy bien de él. Yo me retiro.
La mirada de Lorena se volvió un poco más compleja.
—Iré a buscarte en cuanto tenga tiempo —le aseguró.
—De acuerdo.
Josefina asintió y se marchó sin siquiera mirar atrás.

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