—¿Qué pasa? —preguntó Eduardo, confundido.
Josefina apretó los labios con cierta tensión.
—No lo sé, pero me da un mal presentimiento. Más vale prevenir; no quiero sorpresas desagradables.
Eduardo soltó una carcajada tranquilizadora.
—Fue mi gente quien lo trajo. Yo mismo escogí el regalo y el empaque está intacto. Te garantizo que no hay ningún problema.
Josefina levantó la mirada y lo observó fijamente.
—¿Estás completamente seguro?
Bajo el peso de esa mirada, Eduardo titubeó por un segundo.
—Bueno, supongo que podemos revisarlo...
—¡Señorito Eduardo!
De repente, el secretario de don Joaquín se acercó con una gran sonrisa.
—Don Joaquín lo ha estado buscando por todas partes. ¿Qué hace aquí?
Eduardo suspiró.
—Dígale que voy para allá, señor Smith.
Se volvió hacia Josefina con expresión de disculpa.
—Tranquila, todo saldrá bien.
Pese a sus palabras, la angustia seguía latente en el pecho de Josefina. Apretó la caja con fuerza, pensando rápidamente en un plan B.
La mirada de Smith se posó en el rostro de Josefina y sus ojos se abrieron de par en par, sorprendido. Luego, se giró hacia Eduardo.
—Señorito Eduardo, ¿quién es esta encantadora señorita?
—Es una amiga —respondió él—. Quería presentársela a mi madre.
Smith parpadeó, asumiendo de inmediato que se trataba de su novia.
—Estoy seguro de que la señora Yolanda estará encantada de conocerla.
Eduardo esbozó una media sonrisa, le dedicó una última mirada a Josefina y se dirigió hacia el salón principal.
Al cruzar un imponente arco de columnas romanas, el bullicio de la fiesta los envolvió. El salón estaba atestado de invitados vestidos con elegantes trajes y vestidos de gala, conversando animadamente con copas en la mano.
Siguiendo el protocolo, los asistentes se acercaban por turnos a felicitar a Yolanda.

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