A Joaquín le cambió la cara. Ante los reproches de su padre, bajó un poco la mirada, pero su tono se mantuvo firme.
—¿Y si resulta que es verdad? ¿Y si realmente es mi hija? Si a ella le pasa algo, y tanto yo como padre, y Eduardo como su hermano mayor, somos incapaces de protegerla y de hacer justicia por ella, ¿no cree que se sentiría profundamente triste y decepcionada?
Levantó de nuevo la vista para mirar a Ernesto y añadió:
—Padre, al actuar así, Eduardo también está mandando una clara advertencia a cualquiera que esté pensando en pasarse de listo.
Ernesto frunció el ceño. Al verse refutado por su hijo y sintiendo que desafiaban su autoridad, su expresión se volvió sombría.
Joaquín prosiguió sin titubear:
—Padre, Josefina lleva apenas un día en la familia Hurtado y ya ocurrió algo como esto. ¿No será que tenemos un problema interno en la familia? ¿Por qué se ensañan con ella? ¿Por qué quieren deshacerse de ella? ¿En el camino de quién se interpuso?
—Basta, no necesitas decirme todo esto, lo sé perfectamente —lo interrumpió Ernesto con voz gélida—. Solo te advierto que no lleves las cosas a los extremos. La familia Hurtado siempre ha mantenido un perfil bajo. No te conviertas en el blanco de atención.
Lograr la posición que tenían en el extranjero había despertado la envidia de muchísimas personas.
Todos esos buitres deseaban ver caer a la familia Hurtado para repartirse su inmensa fortuna y sus recursos.
La política de Ernesto era siempre ser cautelosos: cualquier asunto debía arreglarse a puerta cerrada, sin llamar la atención de nadie.
—En este momento, toda la atención pública está sobre los Hurtado. Parece que esa tal Josefina León vino muy bien preparada. Si los resultados indican que no es parte de la familia, entonces bajo ninguna circunstancia le puede pasar algo. Si llega a sufrir un accidente, la familia Hurtado será el blanco de todas las críticas. —Ernesto soltó una risa sarcástica—. Esa muchacha no es tan inofensiva como aparenta.
Joaquín no replicó. Mantuvo la mirada baja, inmerso en sus propios pensamientos.
*Josefina solo intenta sobrevivir.*
*¿Qué tiene de malo eso?*
Ernesto no se quedó mucho tiempo; al poco rato se levantó y se marchó.
Joaquín, con la mirada fría, se dirigió al mayordomo y le ordenó:
—Ve a llamar a Ariadna.
—Enseguida, señor.

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