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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 130

Josefina apretó su teléfono hasta que los nudillos le dolieron.

—¡Dieciocho millones!

Gritó el presentador, justo en el instante en que la llamada se cortaba.

Con los ojos llenos de lágrimas de frustración, Josefina levantó su número una vez más.

Pero en el fondo ya conocía el trágico desenlace.

Magdalena deseaba el artículo.

Y para Benjamín, desembolsar veinte millones de pesos era como quitarle un pelo a un gato; cumpliría el capricho de su amante sin dudarlo.

¿Y ella?

Josefina cerró los ojos, derrotada por completo.

En cuanto la oferta alcanzó su límite de veinte millones, sus dedos perdieron la fuerza y la paleta cayó de su mano, estrellándose contra el suelo.

Le había fallado a su abuela.

Recordaba a la anciana perdiéndose en sus memorias, observando con nostalgia la vieja fotografía donde lucía esas joyas mientras extrañaba profundamente a su abuelo y aquellos años felices que compartieron.

Y ella, inútil como siempre, no había sido capaz de lograr ni siquiera ese pequeño gesto por su abuela.

Silvia pasó un brazo por encima de los hombros de su amiga, mirándola con el corazón destrozado.

—Jose, no llores, por favor, no te pongas así. Vamos allá y se los quitamos. ¿Con qué derecho usa el dinero de ustedes dos para andarle comprando regalos a su amante? Esa mujer es una descarada; no tienes por qué mostrarle nada de respeto.

Una chispa de fuego renovado se encendió en los ojos de Josefina.

—Tienes toda la razón.

Se levantó de golpe y marchó a paso firme en dirección a la zona privada de recolección de los lotes.

Silvia fue tras ella, animándola sin cesar durante todo el trayecto.

En el vestíbulo privado, el personal del evento ya le estaba haciendo entrega de los aretes a Magdalena. Benjamín se encontraba a unos metros de distancia, enfrascado en una llamada telefónica.

Con una sonrisa de oreja a oreja y aferrando la caja de terciopelo, la mujer se acercó a él.

—Benjamín, de verdad, muchísimas gracias por ayudarme a cumplir este sueño.

Benjamín le lanzó una mirada desinteresada y se limitó a decir:

—Con esto estamos a mano.

La expresión de Magdalena se congeló por una fracción de segundo, aunque rápidamente recobró su postura.

Josefina sacudió su propia mano entumecida y soltó una carcajada cargada de rencor.

—¿Se están divirtiendo?

Benjamín apretó la mandíbula con fuerza, y la miró con furia.

—¿Solo viniste aquí a causar problemas?

Ella levantó la barbilla de forma desafiante.

—Ustedes dos, par de basuras, se alían para pasarme por encima, ¿y no tengo derecho a regresarles el favor?

Sus ojos se desviaron hacia la caja que Magdalena tenía abrazada contra su pecho, y lanzó la mano dispuesta a arrebatársela.

Sin embargo, su rival se aferró al objeto como si le fuera la vida en ello.

—¡Jose, puedes golpearme e insultarme todo lo que quieras, pero esto no te lo puedo dar! ¡Significa demasiado para mí! —berreó Magdalena, aferrándose al estuche mientras la marca roja de los dedos comenzaba a notarse con fuerza en su mejilla.

Benjamín apartó a Josefina de un empujón y la fulminó con la mirada.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?!

—¡Uy, qué imponente nos salió el señor Gutiérrez! ¿Se puede saber qué significa esto? ¿Acaso estás dispuesto a golpear a tu propia esposa por culpa de esta descarada? —estalló Silvia, dando un paso al frente—. ¿Ya se te olvidó que la persona que firma junto a ti en el acta de matrimonio es Josefina? Y si tanto adoras a esta lagartona, ¡¿entonces por qué chingados no tienes los pantalones para firmar el divorcio?! Quieres comer de los dos platos, ¡qué cómodo te salió el chistecito!

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