La mirada de Jimena esquivó la suya por un instante.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
Josefina dio un par de pasos hacia ella, clavándole los ojos.
—Mamá, tú sabes perfectamente que mi abuela quiere recuperar esos aretes de zafiro. ¿Por qué le dijiste a mi papá que no era cierto? ¿Acaso no te importa mi abuela ni un poquito?
Su mirada era tan penetrante que hizo sentir incómoda a Jimena. Ella frunció el ceño y dejó las tijeras sobre la mesa, provocando un ruido seco.
—No te metas en este asunto —le advirtió Jimena con frialdad.
—¿Por qué? —Josefina seguía sin entender—. Son el símbolo de amor de mis abuelos, y mi abuela siempre ha deseado recuperarlos. Como su hija, ¿por qué te niegas a ayudarla?
—¡Te dije que no te metas! —estalló Jimena, perdiendo la paciencia—. ¡Qué símbolo de amor ni qué nada, eso es un chiste!
Josefina la miró confundida.
—Mamá, ¿de qué estás hablando?
Jimena volteó abruptamente a ver por la ventana, respiró hondo un par de veces para calmarse y finalmente dijo:
—Jose, esos aretes de zafiro no le pertenecen a tu abuela, ni debería tenerlos. Mejor regrésalos y dáselos a Magda.
Josefina sentía que estaba soñando.
Siendo hija de su abuela, ¡¿cómo se atrevía Jimena a decir semejante barbaridad?!
¿Que no debería tenerlos?
¿Que no eran de la abuela?
Josefina se quedó pasmada un momento, y cuando por fin habló, su voz sonó más baja:
—Mamá, ¿puedes explicarte bien?
—Solo deja de hacer preguntas —frunció el ceño Jimena—. En fin, tú hazme caso. ¿Los trajiste hoy?
—No se los voy a dar a Magdalena Salinas —negó con la cabeza—. Son de mi abuela.
—Esos no son de tu abuela —le rebatió Jimena de inmediato—. ¡Tu abuela se los robó!
—Esos aretes eran un regalo de amor entre tu abuelo y su primer amor. Tu abuela los vio y dijo que eran suyos. Si eso no es robar, ¿entonces qué es?
La figura de Josefina se paralizó de golpe. Se volteó a mirarla con el rostro lleno de incredulidad.
—¿Qué estás diciendo?
Jimena dejó salir un suspiro.
—No quería contarte nada de esto, pero ella te está llevando por mal camino y haciendo que te distancies cada vez más de nosotros. Y ahora, por culpa de unos aretes que ni siquiera le pertenecen, está provocando problemas entre nosotras. Ya no tengo por qué seguir encubriéndola.
La tomó de la mano, la llevó al piso de arriba, cerró la puerta de la habitación y, con una mirada cargada de emociones cruzadas, le confesó:
—Jose, tu abuela fue la amante.
Josefina negó con la cabeza.
—No, eso es completamente imposible.
—Si casi no he tenido contacto con ella todos estos años, es porque me da vergüenza lo que hizo —dijo Jimena, con un claro gesto de desprecio en los ojos.

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