El vaso era muy grande y el pequeño temblaba al sostenerlo con sus dos manitas.
Al ver esto, Josefina extendió la mano y se lo quitó, pero su expresión seguía siendo fría.
Alberto la miró con timidez.
—Tía, no dijiste gracias.
Josefina se quedó sin palabras.
Soltó una risa amarga por el coraje.
Bajó la mirada hacia él y le preguntó:
—¿Ya no me tienes miedo?
Alberto observó su rostro serio; antes sí le daba miedo, pero ahora, sorprendentemente, no. Negó con la cabeza con total honestidad.
—No.
—Ja... —Josefina soltó una carcajada burlona—. Cuando llame al lobo feroz para que te lleve, vas a saber lo que es el miedo.
Alberto negó con la cabeza de nuevo.
—Mi tío espantará al lobo a golpes.
Josefina no supo qué responder ante eso.
De verdad se estaba volviendo loca.
¿Por qué demonios se ponía a platicar con un niño tan molesto?
Volteó a ver a Benjamín y le ordenó:
—Quítate, ya me voy a mi casa.
—No he comido, no tengo fuerzas —respondió Benjamín.
Ella soltó un suspiro de frustración.
Alberto tomó una toalla tibia, se limpió las manitas con cuidado y empezó a comer.
Sus modales en la mesa eran impecables; daba bocados pequeños, comía despacio y no agarraba la comida a lo loco.
Josefina no pudo evitar quedársele viendo un rato.
Benjamín notó la expresión de ella, bajó la mirada por un segundo y luego volvió a verla.
—Tengo pensado pedir la custodia de Alberto —comentó de pronto.
Josefina lo miró con sorpresa.
—¿Convertir a tu sobrino en tu hijo? Qué conveniente.
Al escuchar eso, Benjamín frunció el ceño. La miró con total resignación y aclaró:
—Solo dije que pediría la custodia, en ningún momento mencioné que lo haría mi hijo. Es el hijo de mi hermano mayor.

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Comentarios
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