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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 150

Benjamín la miró fijamente con sus ojos oscuros y penetrantes, y dijo:

—Jose, solíamos venir seguido a este restaurante. ¿Ya se te olvidó?

Josefina se quedó completamente muda. No supo qué responder a eso.

Benjamín bajó la mirada hacia Alberto, que estaba en sus brazos, y le preguntó:

—¿Qué se te antoja cenar?

A Alberto ya le brillaban los ojitos al ver todos los platillos sobre la mesa. Fue señalando cada uno.

—Tío, quiero comer de todo eso.

Benjamín llamó al mesero, pidió que le pusieran cubiertos extra y ordenó varios platillos más.

Y mientras tanto, Mauro, sentado al otro lado de la mesa, fue completamente ignorado.

—Ejem... —Mauro se aclaró la garganta de manera discreta para recordarles que él seguía allí.

Josefina lo volteó a ver y se disculpó.

—Ay, de verdad perdóname, sé que la cena ya no está siendo tan agradable.

Mauro esbozó una sonrisa incómoda.

—No te preocupes, yo me la estoy pasando bien.

Un poco cohibido, se dirigió a Benjamín.

—Buenas noches, director Gutiérrez. Soy Mauro, soy...

—Los postres de aquí son buenísimos, ¿por qué no pediste esta vez?

Pero resultó que Benjamín ni siquiera se tomó la molestia de voltear a ver a Mauro, sino que le siguió hablando a Josefina.

Josefina, aplicándole la misma ley del hielo a Benjamín, se puso de pie y se dirigió a su jefe:

—Mauro, ¿ya terminaste de cenar? ¿Quieres que te lleve a tu casa?

Mauro no tenía ninguna intención de irse. ¿Acaso todos los días tenía la oportunidad de toparse con alguien del nivel de Benjamín Gutiérrez?

—Yo... yo todavía no... —tartamudeó Mauro, queriendo quedarse.

Josefina frunció un poco el ceño; no tardó en darse cuenta de las intenciones de su jefe. Volteó a ver a Benjamín y le aclaró:

—Él es el nuevo gerente de nuestro departamento, se llama Mauro.

Solo entonces Benjamín clavó su mirada en Mauro.

Al instante, Mauro se sentó bien derechito y adoptó una actitud sumamente respetuosa y humilde.

—Mucho gusto, director Gutiérrez.

El apuesto rostro de Benjamín no reflejó ninguna emoción en particular, salvo que en sus oscuros ojos se asomó un tenue destello de frialdad.

—¿Por qué estás cenando con mi mujer? —preguntó él en un tono frío y directo.

Mauro se quedó de a seis.

—¿Qué?

Josefina le frunció el ceño a Benjamín.

—Me ayudó mucho anoche, así que lo invité a cenar para agradecérselo.

Sin embargo, él apenas levantó las cejas con inocencia.

—¿Acaso lo asusté yo?

Luego bajó la mirada y le preguntó a Alberto:

—¿Yo lo asusté?

Alberto negó con la cabecita.

—No.

Benjamín volvió la vista a ella, y una ligera y triunfal sonrisa se dibujó en sus labios.

Josefina le puso los ojos en blanco y se dedicó a mirar por la ventana. Su semblante se tornó mucho más frío, eliminando por completo incluso su distante sonrisa de cortesía.

Benjamín no le quitaba la vista del perfil y le reprochó:

—Todavía no me dices cómo me vas a agradecer.

—No pienso agradecerte nada —sentenció Josefina—. Así de malagradecida soy, fíjate. Por eso mismo deberías apurarte a firmarme el divorcio de una buena vez.

A Benjamín se le borró la sonrisa de tajo.

En ese instante, sirvieron el postre en la mesa.

Aprovechando el momento, Benjamín le dio un pequeño toque en el brazo a Alberto.

Alberto lo volteó a ver y enseguida, tomando la copa de postre con ambas manos, se la acercó a Josefina.

—Tía, para que comas algo dulce.

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