Josefina apartó la mano de inmediato.
En sus ojos no había ni una pizca de calidez; solo la misma frialdad de siempre.
—¿Por qué tendría que esperarte?
Su respuesta le cayó a Benjamín como un balde de agua fría, apagando al instante el ardor que acababa de despertar en su pecho.
El contraste era tan brusco que Benjamín apenas pudo procesarlo. Dio un paso hacia ella, con la intención de tomarle la mano.
Pero ella lo esquivó.
Él frunció el ceño, apretó los labios y, de repente, la agarró por los hombros para acorralarla contra la pared.
Ya no tenía escapatoria.
—Jose.
Su voz sonó ronca al pronunciar su nombre.
Se acercó cada vez más, buscando la intimidad de su roce.
Josefina, sin embargo, apartó la mirada en un claro gesto de rechazo.
—Si no tienes nada más que decir, ya puedes irte.
—Somos marido y mujer. No podemos vivir separados —dijo Benjamín con voz grave, clavando la mirada en su delicado perfil.
Josefina bajó un poco la vista.
—Para mí, dejamos de serlo hace mucho tiempo.
—Aún no hemos firmado el divorcio —murmuró él—. No puedes negar nuestra relación.
Se acercó aún más, dejándola atrapada entre la pared y su pecho.
—Jose, abre la puerta. Déjame entrar.
Su presencia era imponente, y la envolvía con un aura tensa que le cortaba cualquier vía de escape.
Josefina lo empujó con ambas manos.
—¡No te voy a dejar entrar, lárgate!
Pero Benjamín le sujetó las muñecas sin esfuerzo y preguntó:
—¿Vas a usar tu huella o pongo yo la contraseña?
—¿Es una broma? ¡Ni de chiste sabes mi contraseña! —Josefina abrió los ojos de par en par.
Benjamín esbozó una media sonrisa.
—Jose, llevamos ocho años juntos. Te conozco perfectamente.
Dicho esto, empezó a teclear en la cerradura.

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Comentarios
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