Josefina había ido directo a casa de Silvia la noche anterior.
Silvia, que no soltaba el control de su consola, le abrió la puerta a medias, le echó un vistazo rápido y volvió a fijar la vista en la pantalla.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —le preguntó.
—Te extrañaba, así que vine a verte —dijo Josefina mientras entraba.
Sin apartar los ojos de su partida, Silvia le lanzó un beso al aire.
—Yo también te quiero mucho, mi Jose.
Josefina no supo qué responderle.
¿Acaso podía ser más descarada su falta de atención?
Silvia vivía sola. Era una aficionada empedernida a los videojuegos, y su departamento estaba repleto de mercancía y pósteres.
En una esquina de la sala destacaba una enorme figura de colección, detallada a la perfección, que representaba fielmente a uno de sus personajes favoritos.
Josefina fue a la cocina por una botella de agua y se sentó en el sofá a esperar a que terminara la partida.
Después de soltar unas cuantas maldiciones hacia la pantalla, Silvia por fin dejó el control, se sentó a su lado y fue directo al grano:
—¿Ahora sí, qué pasó?
—Benjamín se encaprichó con quedarse a dormir en mi departamento. Como no quería verlo, preferí salirme —explicó Josefina.
—¡Qué asco! —Silvia arrugó la nariz con desagrado—. ¿Acaso no le basta con la viuda de su hermano y el sobrino para hacerse compañía? ¿Por qué sigue fastidiándote la existencia?
Josefina dejó escapar una risita amarga.
—Si quieres, puedes ir y preguntárselo tú misma.
—Ay, no, ni loca. Si me lo topo, le rompo la cara de una cachetada —Silvia agitó la mano para restarle importancia—. Y como seguro me la regresa y me pone una golpiza, la que sale perdiendo soy yo. Mejor evito la fatiga.
Josefina se quedó en silencio por un momento.
—Oye, por cierto, si no venías hoy, de todas maneras te iba a buscar mañana. ¿Te acuerdas que estábamos investigando lo del terremoto? —Silvia cambió el tono a uno mucho más serio—. El investigador que contraté regresó y dice que nadie te vio rescatar a nadie.
Al escuchar eso, a Josefina se le borró la sonrisa de golpe.
En aquella época, estaba tan enamorada de él que lo seguía con la mirada todo el tiempo. ¿Cómo iba a equivocarse de persona al rescatarlo?
Tenía que llegar al fondo de este misterio costara lo que costara.
Por lo visto, no le quedaba más remedio que regresar a aquel pueblo en la sierra.
Silvia la observó con cierta preocupación.
—Jose, de nada sirve que te rompas la cabeza ahorita. Mejor vete a dormir; mañana vemos qué hacemos.
—Está bien.
Esa noche, Josefina apenas pudo pegar el ojo.
A la mañana siguiente, lo primero que hizo fue llamarle a Rodrigo para pedirle unos días libres.
Sin embargo, la respuesta de Rodrigo fue tajante:
—De ninguna manera. Los productores nos traen con el tiempo encima. Si pides permiso ahora, ¿quién va a grabar las partes de la protagonista? Josefina, sé que eres una gran profesional y muy dedicada, pero eso no te da derecho a botar el trabajo de repente. ¿Acaso te vas a poner en el mismo plan que Magdalena, faltando un día sí y el otro también? Porque si es así, no te la voy a perdonar. ¡Te juro que te quemo con todo el gremio del doblaje!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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