—Me parece bien.
Josefina aceptó enseguida.
Obviamente, nadie estaba dispuesto a trabajar de a gratis sin llevarse algo a cambio.
Ambos salieron juntos del edificio y se dirigieron al estacionamiento subterráneo.
—El coche que compré me lo entregan hasta dentro de unos días —comentó Mauro—. Así que hoy vas a tener que llevarme tú.
Josefina abrió los ojos con incredulidad.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Me invitas a cenar pero quieres que yo maneje?
Mauro levantó las manos en gesto de impotencia.
—¿Entonces pedimos un Uber?
A Josefina se le acabó la paciencia.
Le echó una mirada fulminante, sin cambiar de expresión, y le dijo:
—Ya, súbete al coche.
Sin hacerse de rogar, Mauro abrió la puerta del copiloto y se acomodó.
El vehículo no tardó en ponerse en marcha y abandonar el estacionamiento.
Justo entonces, desde detrás de una gran columna, apareció Magdalena. Con su celular en mano, había grabado toda la escena.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios mientras enviaba las fotos, dándole instrucciones a alguien para que se las mandara de forma anónima a Benjamín.
La trampa ya estaba lista.
Josefina eligió a propósito uno de los restaurantes más caros de la zona, con la clara intención de exprimirle la billetera a Mauro.
Él no puso ninguna objeción. Al ver cómo pedía platillo tras platillo con tanta enjundia, soltó una risa resignada:
—Ya sé que quieres cobrártela en comida por el trabajo extra, pero ¿estás segura de que vas a poder con todo eso?
Josefina le entregó el menú al mesero y respondió a la defensiva:
—Si no me lo termino, pido lo que sobre para llevar. ¿Tiene algo de malo?
—Para nada, adelante —concedió él.
Josefina lo miró fijamente y le preguntó:
—Oye, jefe, ¿no decías que Magdalena iba a renunciar? ¿Por qué sigue viéndosele en la empresa?
Mauro negó con la cabeza.
—No tengo la menor idea. Ella misma me lo dijo aquel día. A lo mejor ya se arrepintió.
Josefina bajó la mirada un segundo, ocultando el destello de burla en sus ojos.
A esa mujer le fascinaba hacerse la víctima y montar todo un teatro; quién sabe qué clase de artimaña estaba tramando ahora.
—Josefina, ¿las cosas no andan bien entre el señor Gutiérrez y tú? —preguntó Mauro de pronto, midiéndola con la mirada.
—¿De verdad? ¿No crees que soy una malagradecida por dejar a alguien como él?
—Por supuesto que no —respondió Mauro con profunda seriedad—. El señor Gutiérrez tendrá sus cualidades, pero si tú estás tan empeñada en separarte, debe ser porque has aguantado muchas injusticias.
Josefina se sintió genuinamente conmovida por sus palabras y le regaló una pequeña sonrisa:
—Gracias por ser tan comprensivo.
Mauro le devolvió una sonrisa cálida:
—Eres parte de mi equipo. Obviamente siempre voy a estar de tu lado.
Pero apenas había terminado de hablar cuando una voz irrumpió en el ambiente:
—¡Josefina! ¡Qué casualidad encontrarte aquí!
Era Cristóbal. Llevaba puesta una camisa de estampado llamativo y caminó hacia ellos con paso arrogante. Sin pedir permiso, jaló la silla junto a Mauro y se sentó.
—¿Y a este compa cómo le decimos? —preguntó de inmediato.
Al verlo aparecer, Josefina frunció un poco el ceño, pero manteniendo la compostura, hizo las presentaciones:
—Es el gerente de nuestro departamento, Mauro.
Sin inmutarse, Cristóbal soltó un manotazo en su propio muslo y, adoptando una expresión mortalmente seria, advirtió:
—Ay, Josefina, tienes que ponerte viva. El ambiente laboral de hoy en día es un nido de víboras. Hay mucha gente que parece muy decente por encimita, pero a saber qué mañas esconden por detrás.

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