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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 165

De repente, ella soltó una risa sarcástica.

—Órale, va. Si eres capaz de no volver a ver a Magdalena ni a Alberto, haré lo que tú digas.

Inclinó un poco la cabeza, con una mirada brillante que mezclaba desafío y burla.

—¿Puedes hacer eso, Benjamín?

—No tengo nada que ver con Magdalena —replicó Benjamín en un tono lúgubre—. Así que ese trato no es justo.

La sonrisa de Josefina se desvaneció, haciendo su expresión aún más despectiva.

—Entonces tampoco haré lo que tú digas. Suéltame.

El pesado cuerpo de él la seguía aplastando. Hacía un segundo se estaban besando intensamente, pero ahora ella lo trataba con una frialdad y una distancia absolutas.

Ni siquiera el beso más apasionado podía despertar en ella la menor chispa de deseo o confusión.

Era capaz de recuperar la cordura en un abrir y cerrar de ojos.

Benjamín apretó los dientes. De golpe, abrió la puerta del copiloto y la metió al asiento a la fuerza.

Josefina se quedó pasmada.

—¿Qué te pasa?

Él se inclinó, tomándola del mentón y clavándole su profunda mirada oscura.

—Jose, deja de trabajar.

La cabeza de Josefina sintió como si algo hubiera explotado. ¡No lo podía creer!

Abrió los ojos como platos, estupefacta.

—¿Qué dijiste? ¿Me vas a obligar a renunciar? ¡Benjamín, eres un pinche cobarde!

Se abalanzó para darle un golpe.

Esta vez, Benjamín no logró esquivarlo.

Al notar la enorme furia en el rostro de ella, su propio tono de voz se volvió más tranquilo.

—Si no me haces caso, entonces no trabajes.

—¡Ni lo sueñes!

Josefina apretó los dientes y lo miró con odio.

—Benjamín, si te atreves a hacer que me corran del trabajo, te juro que te voy a hacer la vida imposible.

Benjamín arrugó el entrecejo. Sin responderle, se limitó a abrocharle el cinturón de seguridad.

Enseguida, dio la vuelta y se subió al asiento del conductor.

Josefina frunció sus bonitas cejas, completamente rígida.

—Jose.

Benjamín susurró su nombre con voz ronca. Sus besos se volvieron más rudos, dejándole marcas en la piel.

La recámara principal seguía exactamente igual, no había cambiado nada en lo absoluto.

Al caer sobre la cama, Benjamín abrió el cajón y sacó una cajita.

Poco después, Josefina sintió que le ponían algo en el dedo.

Trató de ver qué era, pero él volvió a besarla y entrelazó sus dedos con los de esa misma mano.

Cuando todo terminó, ella ya estaba demasiado agotada como para fijarse en el detalle.

Al despertar a la mañana siguiente, Benjamín ya no estaba. Se miró la mano derecha; sus cinco dedos estaban libres, sin rastro de ningún anillo.

«¿Acaso fue solo alucinación mía?».

Sintió una profunda confusión, pero prefirió no darle más vueltas al asunto.

Al llegar a la oficina, se encontró a Mauro empacando sus cosas. Al verla, él la miró de manera extraña y le dijo:

—Josefina, me acaban de correr.

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