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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 164

Josefina no dejaba de mirar por el espejo retrovisor.

El coche que la seguía era muy caro y las placas le resultaban familiares, por lo que no pudo evitar fruncir el ceño.

Al acercarse a la curva de enfrente, el tráfico disminuyó bastante.

Josefina estaba girando el volante cuando, de repente, el coche de atrás aceleró de golpe hacia ella.

Abrió los ojos de par en par, asustada, y se apresuró a acelerar.

«¿Acaso está loco?».

«¿Me va a chocar?».

Josefina tenía el rostro tenso y sujetaba el volante con firmeza.

Mauro notó lo que pasaba y le preguntó, extrañado:

—¿Conoces al que viene atrás?

—Sí —respondió Josefina—. Es un demente.

Mauro se agarró de inmediato a la manija de la puerta, con el semblante muy serio.

—No… no nos va a pasar nada, ¿verdad?

Josefina lo miró de reojo. Su reacción le pareció algo graciosa, así que esbozó una leve sonrisa y dijo:

—Tranquilo, no nos vamos a morir.

Mauro se quedó sin saber qué contestar.

Eso sonaba bastante aterrador.

El coche seguía pisándoles los talones y Josefina no bajó la velocidad. Aunque todavía faltaba un tramo para llegar a casa de Mauro, terminaron llegando en menos de diez minutos.

En cuanto el coche se detuvo, Mauro se bajó sin decir una sola palabra y se metió a su casa a toda prisa.

Josefina también se bajó y caminó hacia el coche que se había estacionado a poca distancia detrás de ella.

Golpeó la ventanilla con fuerza.

Después de unos segundos, la puerta se abrió y bajó un hombre alto y de complexión esbelta.

Josefina levantó la mano, dispuesta a darle una bofetada.

No quería seguir escuchando palabras dolorosas. Solo quería callarla.

—¡Mmm!

Josefina empezó a luchar al instante. ¡Ni loca quería estar así de cerca de él!

Pero la tenía completamente inmovilizada. Sin poder esquivarlo, no tuvo más remedio que soportar el beso.

En medio del forcejeo, el sabor metálico de la sangre comenzó a esparcirse por sus bocas.

Aun así, Benjamín no se apartó, sino que la besó con más rudeza.

Sus respiraciones chocaban bruscamente, dejándola sin un rastro de aire en los pulmones.

Josefina estaba a punto de asfixiarse.

Solo entonces Benjamín la soltó. Con voz ronca, le dijo:

—No estoy de acuerdo con lo que dijiste. Eres mi mujer, no puedes andar comiendo ni saliendo con otros hombres.

Josefina respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba rápidamente, mientras fruncía el ceño al verlo actuar con semejante despotismo.

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