Jimena estaba muy ansiosa.
—¿Qué vamos a hacer? Jose ni siquiera quiere verme.
Andrés cerró los ojos un momento y dijo:
—Haremos lo que dice Benjamín. Primero hay que salvar a Grupo León.
Jimena suspiró con pesadez.
—Es el colmo. ¿Cómo es posible que Jose permita que Benjamín nos ataque de esta manera? Somos sus padres.
En ese momento, Andrés ya no tenía cabeza para pensar en eso. Se comunicó con Benjamín, aceptó sus exigencias y reservó un restaurante con la intención de hablar del asunto durante la cena.
Quien contestó el celular fue Valentín, como de costumbre.
—Le pasaré su recado al director Gutiérrez —dijo Valentín con una cortesía distante.
Al colgar, Andrés lucía exhausto, como si las arrugas alrededor de sus ojos se hubieran hundido un poco más.
***
Josefina miró el cabello que sostenía en la mano, con una expresión compleja en el rostro.
No quería creerlo, pero tenía que hacerlo.
Antes de que Magdalena llegara a la familia León, ella era la niña de los ojos de la casa, y sus papás la consentían muchísimo.
Por eso, siempre se había negado a pensar si realmente era su hija biológica.
Pero las cosas que habían pasado últimamente la obligaban a tener dudas y sospechar.
Si no lo era, se sentiría aliviada.
Pero si resultaba que sí...
Josefina ni siquiera se atrevía a imaginarlo; tendría que lidiar con unos padres tan injustos por el resto de su vida.
Guardó bien el cabello. Cuando la dieran de alta, se haría una prueba de ADN.
Tenía que mantenerlo en secreto.
Si se enteraban, ¿qué tal si alteraban los resultados?
Al atardecer.
La puerta de la habitación se abrió y entró la figura alta y elegante de Benjamín.
Josefina lo miró y le dijo:
—Mis heridas ya están casi curadas. Ya no quiero seguir en el hospital.
Al salir del hospital, respiró profundo, sintiendo que volvía a la vida.
El chofer los esperaba con el coche en la entrada. Benjamín se adelantó para abrirle la puerta, y ella subió sin titubear.
Benjamín subió detrás de ella, sacó una cajita y se la entregó.
—A ver si te gusta.
Josefina no la tomó. Estaba con el celular respondiendo mensajes, ignorándolo por completo.
La mano de Benjamín se quedó congelada en el aire, mientras la observaba fijamente con sus ojos profundos.
—Jose, es de la marca que siempre te ha gustado. Pedí lo más nuevo de la temporada. Solo échale un ojo.
Josefina ni siquiera parpadeó al responder:
—Que me haya gustado antes no significa que me guste ahora.
Benjamín retiró la mano lentamente y abrió la caja. Adentro había una pulsera de diamantes morados con un diseño muy moderno. Cuando la luz tocaba las piedras, brillaban de manera deslumbrante, casi irreal.
Él le tomó la mano, dispuesto a ponérsela.
Josefina frunció el ceño.
—¡Te dije que ya no me gusta!

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