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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 247

—¿Así que aquí es donde vives? Está muy bonito.

La abuela entró al departamento, dio una vuelta por el lugar y dio su visto bueno.

Al regresar a su propio espacio, Josefina se relajó bastante. Le sirvió un vaso de agua al tiempo que sonreía:

—Sí, me mudé hace poco. Me gusta mucho la vista al lago que hay allá afuera.

Era un fraccionamiento con vista al lago; desde el balcón de su casa podía apreciar todo el paisaje.

La anciana tomó un trago de agua y luego preguntó:

—Jose, ¿quieres platicarme qué ha pasado últimamente?

La mirada de Josefina titubeó. No tenía muchas ganas de hablar de eso.

Se sentía demasiado patética.

Incluso, le daba un poco de vergüenza.

—Ay, abuela, ya es tardísimo. ¿Mejor nos vamos a dormir? Desvelarse hace mal —intentó evadir el tema.

Se abrazó al brazo de su abuela haciendo un puchero.

La anciana no pudo resistirse a sus mimos, así que decidió dejar el asunto por la paz.

Abuela y nieta durmieron juntas. Josefina se acurrucó contra ella buscando protección y pronto se quedó profundamente dormida.

Al día siguiente.

Cuando despertó, su abuela ya no estaba en la cama.

Se levantó de prisa y la encontró ocupada en la cocina.

—Abuela, ¿por qué te pusiste a cocinar? ¡Qué cansancio! Mejor salgamos a comer —dijo Josefina mientras se acercaba.

La anciana negó con la cabeza:

—Nada de salir. ¿Hace cuánto que no pruebas mi comida? ¿A poco no se te antoja?

—¡Claro que sí! Pero tampoco quiero que te canses de más —respondió Josefina con una gran sonrisa.

—Ya sabía yo que querías, así que preparé algo sencillo, puro de lo que te gusta —dijo su abuela.

Le hubiera gustado hacer platillos más elaborados, pero los ingredientes que tenía Josefina a la mano eran bastante limitados.

Josefina fue a lavarse los dientes y a arreglarse. Para cuando terminó, el desayuno ya estaba servido.

Eran unas sencillas tortillas de maíz con consomé de pollo. Josefina le dio un bocado y no pudo evitar soltar un suspiro de satisfacción.

—Este es el toque de la abuela.

No pudo evitar pensar en lo que Jimena había dicho antes.

Pero le pareció absurdo.

Si no eran para su abuela, ¿por qué no lo aclaró en ese momento? ¿Y por qué terminó casándose con ella?

Tenía la cabeza hecha un lío, así que dejó de darle vueltas al asunto. Solo miró a su abuela y comentó:

—En esos tiempos la gente era muy tímida.

—Así es —asintió la abuela, guardando el estuche con cuidado—. Jose, me hace muy feliz que los hayas recuperado.

Josefina la abrazó con cariño.

—Con que tú estés feliz, basta.

En ese instante, comenzó a sonar el celular de la anciana.

Tenía el volumen al máximo para asegurarse de no perder las llamadas.

Sacó el teléfono, entrecerró los ojos para ver la pantalla y contestó:

—Bueno, Jimena.

A Josefina se le cortó la respiración. ¡Jimena había contactado a la abuela por iniciativa propia!

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