No se sabía qué habían dicho del otro lado de la línea, pero la abuela esbozó una sonrisa y asintió:
—Está bien, te espero.
Colgó el teléfono rápidamente.
—Abuela, ¿qué pasó? —preguntó Josefina.
Con una sonrisa, la anciana le explicó:
—Tu mamá manda a alguien a limpiar mi casa seguido. Ayer fueron y vieron que no estaba, así que me marcó hoy para checar cómo andaba. Le dije que andaba por acá y me avisó que quería verme.
Se le notaba muy alegre.
—Jose, tu mamá tenía muchísimo tiempo de no marcarme.
Josefina sintió un nudo en el estómago, pero no podía dejar que se le notara, así que ofreció:
—Sale, te acompaño.
—No hace falta —la anciana agitó la mano para rechazar la oferta—. Tú vete a trabajar, nomás veo a tu mamá y me regreso a la casa.
—¿Tan rápido? —Josefina no quería dejarla ir—. Quédate unos días más por acá, abuela, la verdad es que te extraño mucho.
—Pues cuando termines tus pendientes vas a visitarme, yo no me acostumbro a estar por aquí —respondió la abuela.
Josefina la abrazó haciendo berrinche, intentando convencerla de quedarse un poco más.
Pero la anciana se mantuvo firme y no le quedó de otra.
De todos modos, no fue a trabajar. Decidió acompañarla para evitar que Jimena le fuera a soltar algún comentario fuera de lugar.
Josefina llevó a la anciana directamente a la casa de la familia León. Jimena ahora estaba descansando en casa y su semblante había mejorado bastante.
—Jose, tú también viniste.
Se veía muy contenta de verla.
—Mamá, ven, siéntate.
Jimena pidió a las empleadas que trajeran agua fresca y fruta. Aunque tenía una sonrisa en los labios, era evidente la distancia que mantenía.
—¿Por qué no me avisaste que venías? Hubiera mandado a alguien por ti.
—Solo vine a ver a Jose y de paso a recoger mis aretes de zafiro —contestó la anciana.
Jimena se quedó sorprendida.
—¿Jose ya te dio los aretes?

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