—¡Abuela!
El grito de Josefina salió rasposo, cargado de puro pánico. Alcanzó a atrapar a la señora Suárez, pero el peso casi le gana. De no ser por Benjamín, que la sostuvo rápidamente, ambas se habrían ido de boca contra el piso.
El rostro del hombre se tensó de inmediato.
—Hay que llevarla a urgencias.
La cargó en brazos, caminó a paso rápido hacia la salida, la subió al coche y arrancó a toda velocidad rumbo al hospital.
Durante el camino, Josefina no recuperó el color en la cara. Iba agarrando la mano de su abuela, temblando de miedo.
De repente, volteó a ver a Benjamín y le reclamó con la voz rota:
—¡¿Acaso tú le hiciste algo a mi abuela?!
Benjamín apretó el volante de golpe. Se le desencajó el rostro.
¡Jamás imaginó que ella fuera capaz de pensar algo así de él!
Apretó los labios en una línea fina y no dijo ni una sola palabra. El ambiente en el auto se volvió tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo.
Josefina de verdad estaba aterrada.
Su abuela estaba perfectamente bien, ¿cómo era posible que se desmayara así de la nada?
Cegada por la desesperación, esa fue la única explicación que le pasó por la mente.
Como él no respondió, ella tampoco insistió. En ese momento, no tenía sentido hacer un interrogatorio.
Solo se dedicó a rezar, suplicando al cielo que a su abuela no le pasara nada malo.
Llegaron a urgencias y los doctores la atendieron. Cuando salieron los resultados de los estudios, recibieron la noticia: la señora tenía un tumor cerebral.
Estaba en una zona de alto riesgo y ya le estaba comprimiendo un nervio, razón por la cual había perdido el conocimiento.
La cirugía era sumamente delicada; al menor error, su abuela no saldría viva del quirófano.
A Josefina se le doblaron las piernas, a punto de colapsar.
Benjamín la agarró de los brazos, sosteniéndola con fuerza.
Miró al médico a cargo y le preguntó:
—¿Y si traemos a los mejores neurólogos?
—Aumentarían las posibilidades de éxito, pero no puedo darles un pronóstico exacto. Tendríamos que esperar a que los especialistas revisen el caso —explicó el doctor.
—De acuerdo, me encargo de traerlos. En cuanto lleguen, coordinarán una junta médica —afirmó Benjamín con un tono firme.
Luego volteó a ver a Josefina y le indicó:

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