El rostro de Benjamín se relajó un poco y su tono se volvió más suave.
—Alberto, ¿qué pasa?
—Tío, ¿ya vas a venir a la casa?
La vocecita de Alberto sonaba entrecortada.
—Te extraño, tío.
—Hoy no voy a poder, ya es muy tarde —le explicó con calma—. Tienes que dormir temprano. Hazle caso a tu abuela y a tu mamá.
—Pero te extraño... —insistió el niño, terco—. Tío, ven a hacerme compañía, por favor.
—No se puede.
Benjamín se lo negó de tajo.
—Tienes a la abuela Helena, a tu abuela y a tu mamá contigo. Yo me tengo que quedar a cuidar a tu tía.
Alberto se quedó callado.
Al poco rato, se escucharon unos ruidos en la línea, seguidos por la voz desesperada de Teresa.
—Alberto te extraña mucho, no has venido en días y ya te quiere ver.
Él levantó una ceja y soltó con ironía:
—Mamá, ¿de verdad es él quien me extraña, o ya te cansaste de cuidarlo?
—¡Ay, por favor! ¿Qué estupideces dices? —le reclamó, ya molesta—. Es mi nieto, ¿cómo no voy a querer cuidarlo?
—¿Entonces para qué le prestas tu celular para llamarme? —se burló él—. Si ya quieres ver a mi papá y te urge ir a buscarlo, nada más dilo.
—Pinche chamaco cabrón.
Teresa le soltó una grosería sin pensarlo.
—Todavía tienes ganas de hacerte el chistoso, ¡cuando tu mujer ya ni te aguanta!
Dicho esto, le colgó de golpe.
Benjamín no supo qué contestar.
Su semblante se ensombreció. Guardó el celular y, al alzar la vista, se topó con la mirada profundamente decepcionada de Josefina.
Él le dijo en un tono tranquilo:
—No me voy a ir.
Ella no dijo nada más.
Josefina se hizo un ovillo en la cama pequeña y se quedó dormida.
Benjamín permaneció sentado en la silla, escudriñándola en silencio. Pero ella estaba tan agotada que ni siquiera lo notó.
A la mañana siguiente, la anciana despertó. Sin embargo, debido a la reciente cirugía cerebral, no lograba articular bien las palabras y su mente seguía algo nublada.
Josefina se acercó a su oído y le susurró:
Rodrigo suspiró aliviado.
—Perfecto, allá te veo entonces.
Después de platicar un rato más, él se despidió.
Al voltear, Josefina vio que su abuela la estaba observando. Le explicó que se le había acumulado mucho trabajo y que tenía que ir a la empresa a terminarlo.
La señora, que ya podía hilar un par de frases, le dijo:
—Vete tranquila... a tu trabajo, no te apures... por mí.
Josefina le aseguró:
—Voy a contratar a tres enfermeras para que te cuiden. Si te sientes mal, espérate a que yo regrese y me avisas.
—De acuerdo —aceptó la abuela sin quejarse.
Josefina pasó a su casa para arreglarse, y al día siguiente se presentó a trabajar.
Estuvo a las carreras todo el día, y cuando por fin salió del trabajo y llegó al hospital al atardecer, se topó con la sorpresa de que Jimena estaba en la habitación.
Y las tres enfermeras ni sus luces.
Josefina se acercó casi corriendo y le reclamó de golpe:
—¿Tú qué haces aquí?

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