Jimena frunció el ceño, claramente molesta por el trato.
—Jose, ¿qué forma de hablarme es esa? Mi madre está en el hospital, es lógico que venga a ver por ella.
¡Josefina la miró incrédula, asombrada de que fuera tan cínica!
¡Después de todas las barbaridades que le había dicho a la anciana, todavía tenía el descaro de pararse ahí frente a ella!
¡Qué nivel de desvergüenza!
Su expresión se volvió de hielo y le exigió:
—Vete, por favor. Nadie te pidió que vinieras. Yo me voy a encargar de cuidar a mi abuela.
Pero Jimena se negó moviendo la cabeza.
—No me pienso ir. Me quedo a atender a mi madre.
Luego, volteó a ver a la anciana desde los pies de la cama.
—Mamá, me voy a quedar aquí a hacerte compañía, ¿te parece bien?
—Está bien.
La señora no se opuso.
Josefina no podía dar crédito a lo que oía y frunció el ceño con impotencia. A pesar de su molestia, nunca iría en contra de la voluntad de su abuela.
Justo en ese momento llegó Andrés, lanzando reproches a diestra y siniestra.
—Jose, ¿cómo se te ocurre que tu abuela va a estar internada por algo tan grave y no nos avisas? ¡De verdad que eres una irresponsable!
Josefina le lanzó una mirada cortante y le soltó:
—¿Y entonces cómo es que se enteraron?
Andrés bufó con desprecio.
—Nos avisó Magda. Como antes trabajaba en tu empresa, se lleva bien con varios ahí. Tu jefe fue a visitarlas y así se corrió el rumor. Ella en cuanto supo nos avisó, porque si fuera por ti, seguiríamos sin saber que tu abuela está en el hospital.
A Josefina se le revolvió el estómago del coraje.
Jimena volteó a ver a la anciana y le dijo:
—Mamá, por cierto, todavía no conoces a Magda. Es la hija que adoptamos Andrés y yo. Es un encanto de muchacha, muy dulce y preciosa. Estaba muy angustiada por ti, pero le dio miedo venir y que la fueras a rechazar.


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