—Ya terminó, todo salió perfecto —respondió Josefina. No podía ocultar la emoción en su voz—. Emiliano, ¿cómo le hiciste? ¡De verdad me salvaste la vida esta vez!
Emiliano soltó una carcajada.
—Qué bueno que la señora ya está fuera de peligro. No es para tanto, no te preocupes. ¿Acaso no somos amigos? Los amigos se echan la mano.
Josefina sentía que no tenía cómo pagarle.
—¡Híjole! Ojalá tuviera diez o quince amigos como tú.
—...¿Qué pasó? ¿Ahora me quieres vender por mayoreo o qué? —bromeó él.
Ella soltó una risita.
—En serio, muchas gracias. ¡Te juro que te lo voy a compensar!
Lo dijo con total convicción.
Pero Emiliano le restó importancia.
—No fue nada del otro mundo, en serio. Aunque si de verdad te sientes en deuda, me puedes pagar el doble por mis honorarios, ¿qué te parece?
—¡Hecho! —aceptó ella sin dudarlo.
Al quitarse ese peso de encima y liberarse de las amenazas de Benjamín, Josefina sentía que flotaba de la alegría.
Después de colgar, se sentó al borde de la cama, con una sonrisa que no se le borraba de la cara.
Fuera de la habitación.
Benjamín estaba recargado en la pared, escuchando cada palabra de la conversación.
¿Emiliano?
¿Fue él quien le ayudó?
¿Desde cuándo tenía tanto poder como para lograr algo así sin que él se diera cuenta?
La expresión de Benjamín se endureció. Al parecer, había varias piezas en ese rompecabezas que él desconocía.
Su celular vibró. Contestó la llamada mientras se alejaba caminando por el pasillo.
La voz de Valentín sonó del otro lado.
—Director Gutiérrez, puse a un experto a checar el celular y la computadora de William. Hubo un correo del extranjero que le llegó esta mañana, pero ya lo borraron y también limpiaron la dirección del remitente.
Benjamín alzó una ceja.
—O sea que no encontraste nada.
Hubo un silencio del otro lado.
Su indiferencia era total; tras decir eso, apartó la mirada y lo ignoró.
Benjamín jaló una silla y se sentó a su lado. No pareció molestarle que lo tratara con tanta frialdad, y sus ojos volvían a ella a cada instante.
Su sola presencia era tan abrumadora que a Josefina le era imposible ignorarlo. Frunciendo el ceño, le exigió:
—¿Te puedes largar? Solo estás interrumpiendo el descanso de mi abuela y el mío.
Pero él replicó:
—La abuela está descansando bastante bien.
Josefina se quedó sin palabras.
En ese instante, el celular de él empezó a vibrar. Ella lo miró con una sonrisa burlona.
¿Ya tienes algo que hacer y ni así te largas?
Benjamín bajó la vista y vio que era su madre, Teresa. Frunciendo el ceño, contestó:
—Bueno, ¿qué pasa?
—Tío...
Para su sorpresa, la voz que sonó al otro lado era la del pequeño Alberto.

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