La anciana, sin embargo, respondió:
—Me decepcionan mucho. Maltratar así a Josefina por una hija adoptiva.
El corazón de Josefina ya se había calmado.
Pero, al escuchar a su abuela decir eso, sintió que alguien tocaba la parte más sensible de su interior.
Una sensación de nudo en la garganta se extendió por su pecho, y sintió que los ojos se le humedecían.
Su abuela le creía.
Siempre le había creído.
Josefina pensó que se sentía muy bien, y la confianza de su abuela le daba la fuerza necesaria.
Levantó un poco la barbilla y dijo:
—Ya dejen de decir tonterías. Lo que me propongo, lo cumplo.
Jimena estaba muy molesta por la terquedad de la anciana, pero no podía contradecirla en ese momento.
La señora tenía una enfermedad muy grave, y aunque la cirugía había sido un éxito, ¿cuánto tiempo más le quedaba de vida?
La fortuna de la anciana era bastante considerable.
Y ella era su única hija.
Ese dinero, a fin de cuentas, sería suyo.
Así que Jimena se tragó el coraje.
Josefina se dio la vuelta, salió de la habitación, sacó su celular y llamó a Benjamín.
Después de tres tonos de espera, él contestó.
—¿Bueno?
Su voz profunda dejaba entrever cierta alegría.
¡Que ella lo llamara por iniciativa propia lo ponía de excelente humor!
—¿Dónde estás? Quiero verte —dijo Josefina con frialdad.
—Voy al hospital a buscarte —respondió Benjamín.
Pero Josefina replicó:
—No hace falta, yo voy a donde estés.
—¿Tú... vienes a buscarme? —El tono de Benjamín se volvió aún más animado.
Josefina empezó a perder la paciencia.
—¿Dónde estás?
Benjamín, haciendo caso omiso a su irritación, respondió:
—En la empresa.
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