Al escuchar sus palabras, el ceño de Benjamín se frunció un poco, y fijó su mirada penetrante en ella.
—¿Solo quieres que el Grupo León se retire?
—Así es —asintió Josefina—. Si te empeñas en ayudarla, no te lo voy a impedir, pero el Grupo León tiene que retirar su inversión.
—¿Por qué no me lo vas a impedir? —El tono de Benjamín también se volvió más tenso.
Una atmósfera extraña comenzó a llenar el ambiente.
Josefina frunció ligeramente el ceño.
—Si intentara detenerte, ¿me harías caso?
Los labios de Benjamín se apretaron en una línea recta. La observó durante un largo rato antes de hablar.
—¿Por qué exiges que el Grupo León se retire?
—Es solo una hija adoptiva. ¿Con qué derecho toma el dinero de la familia León? —dijo Josefina sin ningún reparo.
Benjamín apartó la mirada.
—Come primero. Después de cenar, pensaré en lo que me dijiste.
Josefina lo miró con desconfianza.
—Es algo tan simple, ¿y todavía necesitas pensarlo?
—Entonces, Josefina, ¿en calidad de qué me estás exigiendo esto? —La expresión de Benjamín volvió a ser cálida y casual—. Yo solo le hago caso a mi mujer.
Josefina lo miró con indiferencia, y sus grandes ojos oscuros se llenaron de sarcasmo.
—¿Acaso ya nos divorciamos?
Benjamín se quedó en silencio.
Josefina no tuvo reparos; tomó su tenedor y empezó a comer.
La verdad era que tenía hambre.
El juicio de divorcio era solo cuestión de tiempo, y su relación matrimonial pronto se disolvería de todos modos. Seguirle la corriente un momento no le causaría ninguna pérdida.
Benjamín la miraba en silencio. Ella se mostraba muy relajada, habiendo guardado todas sus espinas.
Sin embargo, seguía sintiendo que la distancia entre ellos era cada vez mayor.
A Josefina no le importaba en lo absoluto lo que estuviera pasando por la cabeza de él. Cuando terminó de comer, se dirigió a él.
—¿Ya lo pensaste?
—Está bien.
Benjamín accedió a su petición.
Pensó que, si no aceptaba, ella buscaría otras formas de salirse con la suya, y eso podría generar problemas que él no podría prever.
Caminó hacia su coche, pero de pronto vio a un trabajador de limpieza en cuclillas junto al vehículo, hurgando en algo.
—Disculpe, ¿qué está haciendo? —preguntó Josefina, acercándose con curiosidad.
El trabajador respondió de inmediato:
—Perdón, señorita. Le di un rayón a su coche. ¿Cuánto le voy a tener que pagar por el daño?
Al escuchar eso, Josefina sonrió y le restó importancia.
—No se preocupe, no es nada grave. Ya puede irse.
Dicho eso, quitó los seguros del auto y abrió la puerta del conductor para subir.
Pero, al segundo siguiente, el hombre que estaba en cuclillas se levantó de golpe y, con un movimiento brutal, le tapó el rostro a Josefina.
Un olor químico fuerte y penetrante inundó sus vías respiratorias. Josefina solo logró forcejear un par de veces antes de cerrar los ojos y perder el conocimiento.
El hombre la metió en los asientos traseros y luego se acomodó en el asiento del conductor.
El auto arrancó lentamente. Dos guardaespaldas que vigilaban en la oscuridad cambiaron de expresión y los siguieron de inmediato.
Uno de ellos llamó a Benjamín.
—¡Señor Gutiérrez, le pasó algo a la señora!

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