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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 275

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Mauro soltó un pesado suspiro al otro lado de la línea.

—Está bien —dijo con resignación—. Supongo que una noche más no hará diferencia. Si es posible... ¿podrías traer al director Gutiérrez? De verdad necesito preguntarle hasta cuándo piensa dejarme en paz.

Josefina frunció el ceño al escuchar sus palabras.

Recordó que días antes, Mauro se había quejado de su mala racha y sospechaba que Benjamín tenía algo que ver.

Pero conociendo a Benjamín, le parecía absurdo. Si el hombre ya ni siquiera estaba en su radar, ¿para qué se tomaría la molestia de atacarlo?

Además, para alguien del calibre de Benjamín, Mauro era un cero a la izquierda.

Entonces, ¿en qué clase de aprietos se había metido Mauro?

Josefina lo meditó por un instante.

—Mañana en la noche platicaremos a fondo del tema.

—De acuerdo.

Tras colgar, Josefina soltó un largo suspiro, tratando de liberar la tensión.

Al llegar al hospital, se encontró a Jimena de pie frente a la habitación, con una expresión furiosa. En cuanto la vio acercarse, Jimena la agarró del brazo y la jaló sin contemplaciones hasta el cubo de las escaleras.

Josefina se zafó del agarre de un manotazo.

—¿Qué te pasa?

Inmediatamente después, soltó una carcajada sarcástica.

—¿Vas a copiar a tu hijita adoptiva y fingir que te empujé por las escaleras para echarme la culpa?

De pronto, una sonora cachetada impactó en la mejilla de Josefina.

Jimena temblaba de furia de pies a cabeza.

—¡Preferiría no haberte dado a luz nunca!

Josefina sintió un zumbido en los oídos. Se quedó paralizada por un momento y luego miró a su madre con desconcierto. Se tocó la cara; le ardía a más no poder.

—Si pudiera escoger, desearía no haber nacido de ti.

Jimena se puso todavía más colérica.

—¡Josefina, eres la decepción de mi vida!

—Pues como padres, ustedes también me decepcionan a lo grande. —Josefina se secó las lágrimas de un manotazo—. ¿Sabes? Hasta me hice una prueba de ADN. Lástima que el papel dijera que sí soy tu hija. En ese momento, sentí la mayor desilusión de mi existencia.

Tras soltar aquellas palabras venenosas, salió de las escaleras.

Se dirigió a los baños, se lavó la cara y se quedó un buen rato afuera para que se le pasara el coraje. Después, le pidió un cubrebocas a una enfermera.

No quería que su abuela le viera la marca de los dedos en la mejilla. Seguía en recuperación y una alteración fuerte podría perjudicarla.

Empujó la puerta de la habitación. Al ver a la anciana descansando tranquilamente en su cama, todo el dolor que Josefina había intentado reprimir volvió a invadirla.

Sintió unas ganas inmensas de aferrarse a su abuela y desahogarse llorando en sus brazos.

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