Benjamín endureció la mirada.
—Mamá, no vayas.
Teresa torció el gesto, visiblemente ofuscada.
—Benjamín, no la protejas tanto.
El semblante de él permaneció frío, pero su tono denotaba autoridad:
—Ella es la verdadera hija de la familia León, así que es obvio que debe tener la última palabra sobre los asuntos de su familia. Es Magdalena la que está siendo una completa irracional.
Teresa enmarcó el rostro en una profunda arruga de preocupación.
—Pero si Jose no da su brazo a torcer en esto, el conflicto no va a terminar tan fácil.
—¿Y qué quieres que haga? —Benjamín le sostuvo la mirada. Sus oscuros ojos desprendían una frialdad cortante—. ¿Quieres que le pida disculpas a Magdalena? ¿O que se rinda y le dé a esa mujer todo lo que pida?
Teresa se quedó sin palabras.
La voz de Benjamín se volvió todavía más gélida.
—Ella me salvó la vida en el pasado, eso lo asumo yo, pero Jose no tiene ninguna obligación de aguantarle sus caprichos, ni de ceder ante ella.
El pasillo frente a la sala de emergencias se sumió en un pesado silencio.
Teresa lo meditó un momento y tuvo que darle la razón. Todo este alboroto, en realidad, ¿qué tenía que ver con Josefina?
Había sido Magdalena la que armó un berrinche con eso de irse del país y llevarse a Alberto.
Si no hubiera montado todo ese espectáculo, ¿habría ocurrido el accidente?
La impresión de ver que casi atropellan a Benjamín la había ofuscado. En su pánico, se había dejado llevar por los razonamientos de Magdalena y terminó culpando a Josefina.
Pero ahora, con la mente más fría, notaba detalles que no encajaban.
—¿Ya agarraron al conductor del carro? —preguntó Teresa, pensativa.
—Ya está en la comandancia de policía —respondió Benjamín con un tono solemne.
—Investígalo a fondo —le pidió Teresa—. En esa calle casi nunca hay tráfico y tiene límite de velocidad. Que apareciera ese carro justo ahí fue demasiada casualidad.
Bajó la vista hacia los brazos de Benjamín. Alberto se había quedado dormido; las lágrimas aún brillaban en sus pestañas, dándole un aspecto sumamente vulnerable.
Tras la muerte de Diego, Alberto solo tenía a su madre. Todos en la familia sentían lástima por el niño y querían protegerlo, por lo que odiaban la idea de separarlo de ella.


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