Nada más dijo esto, dos guardaespaldas entraron a la casa y agarraron a Magdalena por los brazos.
Magdalena empezó a forcejear y resistirse con todas sus fuerzas.
—¡No! ¡Benjamín, no me puedes hacer esto! ¡Yo no tuve nada que ver con lo que pasó esa noche! ¡No me puedes correr, es una injusticia!
Luchó como una loca; al ver que no lograba zafarse, se inclinó y le dio un fuerte mordisco a uno de los escoltas en el dorso de la mano.
El hombre sintió el dolor y aflojó su agarre por instinto.
Magdalena aprovechó la oportunidad y se echó a correr escaleras arriba.
¡Su hijo estaba arriba!
Si lograba abrazar a Alberto, ¡el niño sería su escudo!
¡Benjamín no sería capaz de separar a una madre de su hijo!
No obstante, el otro guardaespaldas fue sumamente rápido: la agarró y la tiró contra el suelo.
Magdalena estaba hecha un mar de lágrimas:
—¡Benjamín, no puedes hacerme esto! ¡No me puedes separar de Alberto! ¡Alberto es mi vida entera, no me puedes hacer esta barbaridad!
Su llanto era desgarrador.
—¡Fui yo quien te salvó aquella vez! Y aunque me confundiste con Josefina, a mí no me importó, porque yo era la esposa de tu hermano, éramos familia y lo demás no tenía importancia. ¡Luego Josefina me malinterpretó una y otra vez, y yo siempre me mantuve firme creyendo que tú estabas de mi lado! ¡Nunca tuve miedo! ¡Pero ahora me quieres echar a la calle, me prohíbes regresar por el resto de mi vida! ¿Qué te hice yo? ¡¿Con qué derecho me tratas así?!
Gritaba de forma histérica; estaba levantando la voz a propósito para intentar llamar la atención de su hijo, que estaba en una de las habitaciones.
Desafortunadamente para ella, la casa de los Gutiérrez tenía un sistema de insonorización excelente, por lo que Alberto no podía escuchar sus quejidos en su cuarto.
Además, la recámara del niño quedaba hasta el tercer piso.
Benjamín frunció el ceño con impaciencia. Su atractivo rostro, que aún lucía ligeramente pálido, seguía inexpresivo mientras hacía un ademán con la mano para darles la orden.
Los guardaespaldas estaban sumamente alertas por miedo a que fuera a cometer alguna locura en el auto, pero, por fortuna, el trayecto rumbo al aeropuerto transcurrió sin ningún inconveniente.
***
Teresa estaba furiosa. ¡Cómo se atrevía esa cualquiera de Magdalena a echarle maldiciones a su hijo!
Cualquier atisbo de pena que hubiera sentido por ella había desaparecido sin dejar rastro.
Se volvió hacia Benjamín, pero vio que su rostro seguía inexpresivo y tenía la mirada fija en el reloj de la pared.
Teresa miró hacia el mismo punto. Eran las doce del mediodía.
¿Por qué le prestaba tanta atención al reloj?
A pesar de la duda, Teresa prefirió guardársela, así que se acercó y le dijo:
—Benjamín, me voy a buscar a tu papá. Ya no volveremos sino hasta fin de año; más te vale cuidarte mucho durante este tiempo.

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