Valentín habló con un tono distante:
—Señora.
Josefina preguntó con voz tensa:
—¿Dónde está Benjamín? ¿Acaso se está burlando de mí otra vez?
Valentín respondió:
—El director Gutiérrez tuvo un contratiempo. Le pido que espere un momento. Ya que le dio su palabra, seguro cumplirá.
—Je... —Josefina soltó una risa sarcástica—. Ojalá esta vez sí cumpla.
Acto seguido, le colgó la llamada.
Sentada en el coche, tamborileó los dedos sobre el volante, dando golpecitos rítmicos una y otra vez.
Al principio se sentía frustrada, creyendo que él estaba jugando con ella, pues siempre hacía lo mismo, sin importarle sus sentimientos.
Pero ahora, más tranquila, recordó la mirada tan fría y decidida que él tenía aquella noche.
Era cierto que él ya no insistiría más.
Así que, esta vez, no rompería su promesa.
Solo quedaba esperar.
Abrió su celular y buscó a Silvia Téllez para jugar en línea; los videojuegos eran la mejor manera de matar el tiempo.
Al activar el micrófono, Silvia preguntó:
—Jose, ¿qué onda? ¿Cómo has estado?
Josefina notó lo agüitada que sonaba y le preguntó:
—¿Qué te pasa? ¿Hubo bronca con algo?
Silvia suspiró con pesadez:
—¡Me están obligando en mi casa a ir a citas a ciegas! ¡Ayuda! ¡Estoy muy joven y guapa para andar en estas cosas!
Josefina no aguantó la risa y comentó:
—Pues la verdad, las citas arregladas tienen su lado bueno. Al no haber sentimientos de por medio, solo es un acuerdo por conveniencia y ambos pueden vivir a sus anchas.
Pero Silvia no lo veía así, de modo que se quejó:
—¡Pero yo quiero encontrar a alguien que me ame! Alguien que de verdad me proteja.
Josefina sacó una ficha de turno. Había otras dos parejas formadas antes que ellos tramitando su divorcio.
Ella y Benjamín tomaron asiento en la sala de espera.
Ella le echó un vistazo. Él se veía pálido y llevaba el brazo izquierdo colgando de forma poco natural, oculto bajo la ropa, impidiendo ver realmente qué le pasaba.
Josefina apartó la mirada, con el rostro totalmente inexpresivo.
La vista de Benjamín tampoco se detuvo mucho en ella. Entre ambos parecía existir una barrera invisible e intocable; aunque estaban sentados muy cerca, la distancia emocional era como un abismo.
Pronto fue su turno.
Sin embargo, al acercarse a la ventanilla, el empleado hizo un gesto con la mano para frenarlos y dijo:
—Hoy vamos a cerrar temprano para darle mantenimiento al sistema. Regresen mañana.
Josefina frunció su bonito ceño y protestó:
—Solo faltamos nosotros, ¿no pueden atendernos rapidísimo y luego checan su sistema?
—Son horarios establecidos desde arriba, no vamos a cambiarlos por ustedes. Vengan mañana. —El empleado, fastidiado, se levantó de su silla y se fue sin decir más.
El semblante de Josefina se oscureció del coraje.

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