Al día siguiente.
A las siete cincuenta de la mañana, Josefina abrió la puerta de la cafetería.
El local apenas iba abriendo, por lo que los empleados corrían de un lado a otro.
—¡Jose, por aquí!
Al verla llegar, Silvia agitó la mano para llamarla.
Josefina se acercó, se sentó a su lado y comentó con cara de resignación:
—Una cita a ciegas a las ocho de la mañana. Es la primera vez que veo algo así.
Silvia resopló:
—Eso es porque no te han tocado los casos más raros. Te cuento: una vez, uno me citó a la una de la madrugada y me mandó la ubicación de un hotel. Otro me citó a las tres de la tarde; llegó, se tomó tres tazas de café seguidas, y luego me dijo «vamos a comer», pero aclaró que él ya estaba lleno de tanto café. Y ahora este tipo, que cita a las ocho y ni sus luces.
Al oír las quejas, a Josefina se le escapó una mueca incrédula y le preguntó:
—Oye, tu mamá te está consiguiendo a puro espécimen raro. ¿Por qué le urge tanto casarte?
Silvia negó con la cabeza y respondió:
—Yo qué sé. Pareciera que estar soltera es un pecado capital; me andan ofreciendo a cada adefesio. ¡O sea, con lo bonita que soy, esos raritos no me llegan ni a los talones!
Josefina le dio unas palmaditas en el hombro para consolarla y dijo:
—Seguro hoy será puro trámite. Además, así me acompañas en un rato al Registro Civil.
—¿En serio? —A Silvia le brillaron los ojos de la emoción—. ¿A poco Benjamín ya aceptó divorciarse?
—Ajá. —Josefina asintió—. Ya no hay necesidad de esperar a ir a juicio.
Silvia soltó un grito ahogado de felicidad y celebró:
—¡Por fin vas a deshacerte de ese cabrón! ¡Que se largue a hacer su vida con su querida Magdalena!
Josefina no pidió café, sino una taza de leche caliente. Dio unos sorbos lentos, sonriendo sin decir nada.
A las ocho con diez, se escuchó el tintineo de la puerta. Silvia volteó a mirar y, por debajo de la mesa, le dio un codazo suave a Josefina en la pierna, avisándole que su cita había llegado.
Josefina miró de reojo hacia la entrada y se quedó helada.
El tipo que venía caminando llevaba un traje que le quedaba fatal; estaba medio pelón, tenía unos ojillos entrecerrados de mirada rara y, para rematar, un lunar negro gigantesco junto a la nariz.
Cuando sonreía mostrando los dientes, los ojos literalmente se le cerraban por completo.
Y lo peor de todo, no paraba de pasarse la mano por los tres pelos que le quedaban en la cabeza.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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