Las puertas del elevador se abrieron y Cristóbal acompañó a Josefina hasta la entrada de su departamento.
Josefina lo apartó suavemente.
—Bueno, ya llegué. Tú... ya te puedes ir.
El hombre la soltó y asintió.
—Está bien, me retiro.
Se dio la vuelta para regresar al elevador, pero tras dudar un momento, no pudo evitar la curiosidad.
—Jose, ¿de verdad ya no sientes nada por Benjamín?
Ella ya había abierto su puerta y, sin siquiera molestarse en contestarle, simplemente le cerró en la cara.
Cristóbal se quedó con la palabra en la boca. Resignado, volvió a entrar al elevador.
Inmediatamente, sacó su celular para mandar un mensaje.
[Benjamín, ya la dejé en su casa.]
Como era de esperarse, no recibió ninguna respuesta. Acostumbrado a esa actitud, guardó el teléfono y se marchó.
***
Josefina se dio un buen baño de agua fría, lo que le bajó un poco el efecto del alcohol. Aunque seguía aturdida, se preparó un vaso de agua con miel.
De repente, su celular vibró.
[Preparé algo para la resaca. ¿Quieres un poco? Así no te va a doler la cabeza mañana.] —le escribió Manuel.
[No es necesario, gracias. Ya me siento mejor.] —contestó ella.
[Qué bueno.]
Josefina dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. Se apoyó sobre sus codos y empezó a masajearse las sienes con los dedos.
Seguía pensando en esa silueta tan familiar que había visto en la cantina.
Justo en ese momento, le entró una llamada de Felipe.
—Señorita León, estuve investigando. Hace unos días, Benjamín mandó a Teresa al extranjero. Su idea era enviar también a Magdalena, pero por lo visto, se les escapó en el aeropuerto y todavía no dan con ella.
Josefina levantó la vista lentamente y preguntó:
—¿Entonces la persona que vi en la cantina podría ser ella?
Felipe guardó silencio un instante antes de responder.
—Es muy probable, pero aún no he podido averiguar quién le echó la mano y la está escondiendo.
Un extraño presentimiento se instaló en el pecho de Josefina.
Magdalena estaba desaparecida... ¿Qué estaría planeando?
Benjamín regresaba de su viaje de negocios.
Josefina había estado contando los días. Al enterarse de que volvería esa misma tarde, no dudó en marcarle.
Al tercer tono, él contestó.
—¿Bueno?
La voz del hombre sonó profunda y cortante.
—Mañana vamos a firmar el divorcio —declaró ella.
Del otro lado de la línea hubo un silencio pesado. Luego, él soltó una carcajada burlona y replicó:
—Dime la verdad, Josefina. ¿Acaso ya te urge volverte a casar?
Josefina frunció el ceño con molestia.
—Ese es mi problema, a ti no te importa. Lo único que tienes que hacer es darme el divorcio, fue lo que acordamos.
Benjamín soltó otra risa sarcástica y añadió:
—Pues lamento decepcionarte, pero todavía no estoy en la ciudad.
—¿Que no has llegado? —Josefina alzó la voz, perdiendo los estribos—. ¿Me estás tomando el pelo, Benjamín?

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