—¿Cómo se comunicó contigo? ¿Dónde y cómo te pagó? —lo interrogó Valentín de inmediato.
El sujeto no ocultó nada; lo escupió todo sin dudar.
Valentín mandó a su gente enseguida a investigar a ese supuesto Romero.
Después de eso, soltaron al informante.
El otro hombre no había pronunciado ni una sola palabra. Benjamín le clavó la mirada.
—¿Tú por qué estás tan calladito?
El sujeto levantó la cabeza para verlo y le soltó:
—Señor Gutiérrez, usted fue quien nos ordenó hacer esto. Lo que no entiendo es por qué, al final, nos mandó a golpear de esta manera.
¡Al escucharlo, todos en la bodega se quedaron boquiabiertos!
Valentín le acomodó una fuerte patada y le gritó enfurecido:
—¡¿Qué estupideces estás diciendo?! ¡El señor Gutiérrez ni siquiera te conoce, jamás haría algo así! ¡No inventes calumnias!
El hombre soltó un quejido de dolor por el impacto y su rostro se contorsionó. Tratando de recuperar el aliento, se giró hacia Josefina.
—Señora, fue el propio señor Gutiérrez quien nos ordenó esto. Nos pidió montar todo este teatrito delante de usted solo para lavarse las manos y quitarse las sospechas.
Josefina lo miró con absoluta frialdad.
—Ah, ¿de verdad? Supongo que, si les pagó para actuar, debió darles una muy buena suma de dinero. ¿Por qué lo traicionarías ahora?
El sujeto se justificó:
—¡Pues porque ya me rompió la pierna de verdad!
A pesar de la sorpresiva acusación, la expresión de Benjamín ni siquiera se inmutó.
Volteó a ver a Josefina y le preguntó:
—¿Le crees?
Ella ni lo volteó a ver; seguía observando fijamente al hombre tirado en el suelo.
—Incluso si fuera así, seguramente te daría una gran compensación después de esto. Tienes menos razones para delatarlo.
La mirada del tipo vaciló un momento.
¡Valentín puso una mueca rígida! ¡Jamás imaginó que la esposa de su jefe pudiera ser tan despiadada!
¡Le había ordenado dejarlo castrado!
Dio un par de pasos hacia atrás involuntariamente, sintiendo un escalofrío. Miró a los guardaespaldas y ordenó:
—¿Acaso no escucharon a la señora? ¡Háganlo!
El sujeto tirado en el piso palideció al escucharla, sin poder creerlo. Empezó a sacudirse desesperadamente.
—¡No... no! ¡No pueden hacerme esto! ¡Les juro que digo la verdad! ¡Yo...! ¡Aaaah!
Un alarido desgarrador resonó en el interior de la bodega.
El tubo de metal impactó brutalmente contra su pierna, astillando el hueso de inmediato.
—¡Hablaré...! ¡Diré la verdad! ¡Ya no me peguen, por favor...! —bramaba el hombre entre llantos y lamentos.
Pero ya era demasiado tarde.
Josefina ya no tenía ni el más mínimo interés en escucharlo. Después de todo, ¿quién le aseguraba que no intentaría engañarla otra vez?

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