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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 369

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—¿Acaso te preocupas por mí?

Benjamín ni siquiera volteó a verla, lanzando la pregunta con ligereza.

Josefina se quedó muda, maldiciéndose internamente.

¿Por qué tuvo que abrir la boca?

¡Era una pregunta totalmente innecesaria!

Decidió quedarse callada, manteniendo la vista fija al frente.

Tras un buen rato sin escuchar respuesta, el hombre frente a ella tampoco miró hacia atrás.

Una suave brisa sopló, arrastrando una risa baja que llegó hasta los oídos de Josefina. Ella frunció un poco el ceño.

¿De qué se reía?

¿Qué tenía de gracioso?

Mantuvo su actitud indiferente. ¡No le daría el gusto de hablar!

El coche estaba estacionado en la entrada. Al verlos salir, el chofer se apresuró a abrir la puerta trasera.

Sin embargo, Josefina ignoró el asiento de atrás y se subió directamente al del copiloto.

El chofer se quedó pasmado y volteó a ver a Benjamín de reojo, bastante nervioso.

El apuesto rostro de Benjamín no mostró ninguna reacción en particular; simplemente subió al asiento trasero con total calma.

El chofer soltó un suspiro de alivio al instante.

Durante todo el trayecto, manejó con extremo cuidado, ¡ya que el ambiente dentro del coche estaba para cortarse con cuchillo!

Era una tensión tan pesada y fría que daba miedo hasta respirar fuerte.

Por fin, el auto se detuvo en la entrada de la fábrica abandonada.

Justo cuando el chofer creyó que ya podía relajarse, aparecieron unos guardaespaldas y abrieron los enormes portones.

Perfecto, tenía que meter el carro hasta el fondo.

Arrancó de nuevo y avanzó despacio hacia el interior.

Solo se detuvo cuando uno de los hombres al frente le hizo señas con la mano.

Apenas el coche se detuvo, Josefina abrió su puerta y bajó.

Ya estaban a mediados de otoño y las noches eran cada vez más frías. Al salir, una ráfaga helada la golpeó y le provocó un escalofrío involuntario.

¡Los dos hombres amarrados empezaron a temblar de pies a cabeza; lo miraban como si fuera el mismo demonio!

Benjamín levantó una ceja.

—O, si lo prefieren, les doy dinero. Por cada palabra útil que digan, les pagaré un millón de pesos. ¿Qué les parece?

Amenazas y sobornos, la combinación perfecta.

Las miradas de ambos sujetos empezaron a titubear.

—Mi paciencia tiene un límite. Si no quieren el dinero, entonces despídanse de sus piernas —añadió él con tono perezoso.

El guardaespaldas ya había levantado el tubo de metal y se preparaba para asestar el golpe.

—¡Yo hablo!

Uno de los sujetos tragó saliva y gritó a todo pulmón.

—¡Fue un tal Romero! Él me contactó y me pagó para que esperara afuera del registro civil. Me dijo que, si veía a una mujer con bolso yéndose por el atajo, se lo arrebatara. ¡Les juro que solo acepté porque me aseguró que no tendría que lastimar a nadie!

El tipo miró a Josefina y luego a Benjamín.

—Les juro por mi vida que es la verdad. Ese tal Romero me pagó trescientos mil pesos. ¡Era demasiado dinero solo por robar una bolsa, por eso acepté el trabajo!

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