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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 371

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Josefina se dio la vuelta y salió de la bodega, alejándose de los constantes lamentos.

Unos pasos firmes resonaron a sus espaldas. Benjamín estaba de pie no muy lejos detrás de ella; su mirada oscura se posó en ella mientras preguntaba:

—¿No sospechas de mí?

Josefina se giró, lo miró y preguntó con un tono de voz muy tranquilo:

—Ya atraparon al responsable, pero, ¿recuperaron mis documentos?

En ese momento, Valentín salió con una expresión de disculpa en el rostro y le dijo:

—Señora, lo siento, pero todos sus documentos fueron destruidos.

Sacó una bolsa y le mostró los pedazos de los documentos recortados.

—Está bien —suspiró Josefina, bajando un poco la mirada.

Se dio la vuelta para irse.

Sin embargo, de repente le sujetaron la muñeca. La palma de la mano del hombre ardía y ese calor se transmitió a su cuerpo, disipando un poco el frío de la noche.

Josefina frunció sus hermosas cejas, se soltó del agarre y preguntó:

—¿Qué más quieres?

—¿No sospechas de mí? —preguntó Benjamín, quien seguía mirándola fijamente.

Las largas pestañas de Josefina temblaron levemente antes de responder:

—Sospecho de ti, sospecho de todos.

El semblante de Benjamín se ensombreció un poco.

—Yo no tuve nada que ver con esto.

Su voz sonaba un tanto grave. Ella no sabía si era su imaginación, pero incluso le pareció percibir un toque de impotencia.

De pronto, a Josefina le vinieron a la mente los sucesos del terremoto.

—Ya que no fuiste tú a quien salvé aquella vez —preguntó ella—, ¿por qué lo ocultaste? Al verme tan aferrada, ¿te pareció muy divertido?

Las pupilas de Benjamín se contrajeron de golpe. Se acercó directamente a ella y le preguntó:

—¿Ya lo sabes todo?

—Sí —los hermosos ojos de Josefina se llenaron de enojo—. ¡A quien salvé fue a Diego! ¡¿Por qué lo mantuviste en secreto?!

Benjamín la agarró de los hombros con fuerza y, acercándose bruscamente a ella, le dijo:

—Y ahora que lo sabes, ¿qué piensas hacer?

Su repentina alteración dejó a Josefina algo desconcertada, por lo que lo empujó de inmediato.

—¿Bueno? ¿Qué, me necesitas para algo? Va, voy para allá ahorita.

Y sin más, se dio la media vuelta y regresó al interior de la bodega.

Josefina se quedó sin palabras.

Miró a los demás guardaespaldas, pero ninguno se atrevió siquiera a sostenerle la mirada.

Le lanzó a Benjamín una mirada llena de rabia y enseguida caminó hacia la salida del recinto.

Con esa actitud tan ambigua y sin darle una explicación, ¡ni loca se iba a subir a su coche para regresar!

Qué arrepentimiento sentía. ¿Por qué no había venido en su propio carro?

Sin embargo, apenas había dado unos pasos cuando escuchó unas pisadas aceleradas detrás de ella. Antes de que pudiera reaccionar, alguien la tomó por la cintura y la levantó en vilo.

—¡Suéltame!

Josefina forcejeó y empezó a golpearlo sin control.

A Benjamín no le importó. La cargó hasta meterla al coche, notando que ella aún intentaba zafarse para bajarse.

La sujetó con firmeza y, con el rostro ensombrecido, le advirtió:

—¿Quieres que te amarre?

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