—¡Eres un cabrón!
Josefina lo fulminó con la mirada.
—¡Suéltame!
La respiración de Benjamín se volvió más pesada. Al ver sus ojos cada vez más furiosos, de pronto se inclinó sobre ella.
En un instante, la punta de su nariz rozó la de ella.
Josefina se quedó paralizada.
La diferencia de fuerza entre ambos se hizo evidente en ese momento; él la tenía completamente sometida.
Si él realmente quisiera hacerle algo, ella no tendría forma de defenderse.
Pero ella no quería que pasara nada entre ellos, solo deseaba terminar de una vez por todas con esa relación.
Reprimió su enojo y se limitó a clavarle la mirada.
Al ver que por fin se quedaba quieta, un destello de autodesprecio cruzó por los ojos de Benjamín.
—No sabes quién podría estar acechándote en la oscuridad, ¿ya se te olvidó? —dijo Benjamín finalmente, tras un largo silencio.
Josefina apartó la mirada y, de inmediato, sintió el aliento del hombre chocar contra su rostro.
Benjamín observó sus pálidas mejillas y continuó:
—Josefina, tienes que creerme, yo no te haría daño.
Josefina siguió sin decir nada.
Pero a Benjamín no le bastó eso. Le sujetó la barbilla y murmuró:
—Si no vas a usar la boca para hablar, entonces úsala para otra cosa.
Dicho esto, se inclinó y la besó.
Josefina volvió a girar el rostro, haciendo que los labios de él aterrizaran en su mejilla.
—¡Ya entendí! —exclamó ella.
La respiración de Benjamín rozaba su mejilla, provocando que esa parte de su piel ardiera.
Sus labios seguían pegados a su rostro, sin apartarse.
Josefina encogió el cuerpo, pero estando acorralada en el coche, ¿hacia dónde más podía huir?
—Benjamín, ¡ya te dije que entendí, quítate!
Por alguna razón, Josefina comenzó a sentir pánico.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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