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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 409

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Josefina frunció sus delicadas cejas, exasperada por la actitud descarada del hombre que tenía enfrente. Tomó aire profundamente y preguntó con frialdad:

—Entonces, ¿qué tengo que hacer para que prometas mantener la boca cerrada frente a mi abuela?

Una chispa juguetona y peligrosa brilló en los atractivos ojos de Benjamín.

—Dame un beso.

Ella lo fulminó con la mirada, gélida.

—Ya firmamos los papeles del divorcio.

—Pero aún no tenemos el acta oficial en las manos, ¿verdad? —replicó él, arqueando una ceja con suficiencia—. Eso significa que, ante la ley, seguimos siendo marido y mujer. ¿Qué tiene de malo un simple beso entre esposos?

—Entonces ve y díselo.

Josefina se dio la vuelta, dispuesta a marcharse.

—Si a mi abuela le da un infarto por tu culpa, te juro que nunca te lo perdonaré.

Estiró la mano hacia el picaporte, pero, de repente, sintió el impacto de un cuerpo cálido y firme presionándose contra su espalda. Unos brazos fuertes la rodearon por la cintura, inmovilizándola por completo, y, un segundo después, sintió la suavidad de los labios de él rozando su mejilla.

—Tú...

Volteó a mirarlo, atónita y con las mejillas ardiendo de indignación.

Benjamín la apretó más contra él y le susurró al oído con voz ronca:

—Si tú no me besas, entonces te beso yo.

—¡Suéltame!

Josefina comenzó a forcejear entre sus brazos.

—No te muevas tanto o harás que se me abran los puntos de verdad —masculló él contra su cuello.

Ciega de rabia, Josefina estiró la mano para pellizcarlo a un costado de la cintura, ¡pero los músculos del hombre estaban tan tensos que sus dedos no lograron ni pellizcar un milímetro de piel!

—Benjamín, tú fuiste el que dijo clarito que no querías seguir manteniendo esta farsa de matrimonio. Dijiste que estabas harto. ¿A qué estás jugando ahora? —exigió saber ella, frustrada por no poder zafarse de su agarre.

—No puedo hacerlo.

La voz del hombre se volvió profunda y cargada de tormento.

—Y yo también estoy furioso contigo. ¿Cómo fuiste capaz de dejar que otras mujeres se me acercaran? ¿Cómo pudiste hacerme algo así?

Sus palabras sonaban como un reclamo lleno de resentimiento, como las de un niño abandonado que, sin saber cómo defenderse, solo podía volcar su frustración exigiendo cariño a la fuerza.

Josefina sintió que sus dedos se encogían instintivamente. Una sacudida violenta le atravesó el pecho y el corazón le dio un vuelco. Se aferró a los brazos que la rodeaban y dijo en un susurro áspero:

—Suéltame.

—No quiero.

En lugar de obedecer, Benjamín la apretó con un poco más de fuerza.

A Josefina empezó a faltarle el aire. Su expresión se volvió de hielo absoluto.

—Suéltame ahora mismo, Benjamín, o te juro que te echaré a la calle a patadas.

El hombre no dijo nada más. Se quedó en silencio, aferrado a ella unos segundos más, antes de aflojar los brazos con evidente resistencia.

Josefina se giró. Sus preciosos ojos claros lo atravesaron con una frialdad cortante.

—¿Dices que estás triste? ¿Que te sientes herido? Todas esas emociones ya me las tragué yo sola mil veces antes. Y ni así se comparan con el infierno que pasé. Benjamín... puede que me ames ahora, pero el sacrificio que hiciste por ella fue real. Pasó de verdad. Es algo que siempre estará entre nosotros, algo que jamás en mi vida podré perdonar. Así que sí, nos vamos a divorciar.

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