Al ver la absoluta frialdad en el hermoso rostro de ella, los labios de Benjamín se abrieron levemente, pero, por más que lo intentó, no logró articular ni una sola palabra.
Josefina se dio la vuelta y abrió la puerta.
Justo cuando iba a cruzar el umbral, sintió un leve tirón a sus espaldas. Giró la cabeza sutilmente y vio que él la había sujetado del borde de la camisa, dándole un suave jalón.
—Las heridas realmente me están doliendo horrores... ¿Me ayudas a cambiarme los vendajes, por favor?
Su voz había descendido a un murmullo grave y rasposo. Tenía la mirada baja, y, por un instante, su imponente figura transmitía una desolación y una vulnerabilidad que encogían el corazón.
...
Bajo la brillante luz de la habitación, el hombre se quitó la camisa. Las heridas que cruzaban su pecho y su espalda efectivamente estaban sangrando un poco, aunque, por suerte, la situación no era crítica.
Josefina primero le limpió los rastros de sangre seca con delicadeza y, luego, le aplicó la crema cicatrizante y le colocó vendajes nuevos.
Durante todo el proceso, no pronunció ni una sola sílaba. En cuanto terminó, empacó el botiquín, dio media vuelta y salió de la habitación.
Benjamín se quedó mirando fijamente la espalda de la joven desaparecer por la puerta, y una profunda y oscura melancolía se instaló en sus ojos.
...
La abuela Lidia había logrado descansar. Al despertar, su estado de ánimo estaba mucho más estable, aunque su rostro se veía visiblemente más cansado, como si los años le hubieran caído de golpe.
A Josefina se le rompió el corazón al verla así.
Era evidente que el veneno que Anaís había soltado en el hospital le había afectado profundamente.
Con suavidad, ayudó a la anciana a sentarse a la mesa del comedor.
—Le pedí a la señora que prepara la comida que te hiciera tus platillos favoritos. Ándale, abuela, tienes que comer un poquito más.
Lidia asintió con una sonrisa tierna.
—Gracias, mi niña... Por cierto, ¿y Benjamín?
—Está descansando en la habitación —respondió Josefina sin darle mucha importancia.
La abuela la miró con cierta sorpresa.
—¿Dejaste que se quedara aquí?
Josefina bajó la mirada por un segundo antes de contestar.
—Fue por mi culpa que terminó lastimado... Siento que es mi responsabilidad cuidarlo hasta que se recupere.
La anciana esbozó una sonrisa cómplice.
—Bueno, entonces ve a llamarlo para que venga a cenar. ¿Qué clase de cuidados son esos si lo dejas morir de hambre en un cuarto oscuro?
—Sí, abuela.

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Comentarios
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