Josefina se quedó de pie en la puerta de la cocina, en silencio por un momento, antes de darse la vuelta y regresar a la sala a ver televisión.
A las diez de la noche, un humeante tazón de sopa de fideos con vegetales fue colocado sobre la mesa del comedor.
Los dos comieron en completo silencio.
El ambiente en el amplio comedor se sentía gélido. Cada uno estaba sentado de un lado de la mesa, como si una línea divisoria muy clara los separara, una frontera que ninguno de los dos intentaba cruzar.
Lo que alguna vez fue el nido de amor de unos recién casados, lleno de calidez, pasión y coqueteo, ahora había cambiado drásticamente.
No quedaba ni el más mínimo rastro del pasado.
Josefina terminó sus fideos y lo miró. —¿Necesitas que te cambie las vendas?
—No hace falta.
Benjamín metió sus cubiertos en el lavavajillas y se dirigió directamente al piso de arriba.
Josefina se alegró de tener ese respiro. Regresó a su habitación y llamó a Natalia, la señora que cuidaba a su abuela, para preguntarle cómo había estado ese día.
Natalia salió del cuarto, se quedó en el pasillo, cubrió el celular con una mano y susurró: —La señora está comiendo y durmiendo bien, pero se la pasa mirando una fotografía, perdida en sus pensamientos. Y la verdad, no me atrevo a ver qué foto es.
Josefina sintió un nudo en la garganta. Seguramente era una foto de ella y Jimena.
En ese momento, lo único que podía afectar tanto a su abuela era el tema de su madre.
La preocupación invadió a Josefina. Si las cosas seguían así, su abuela terminaría enfermando.
—Vigílala de cerca y avísame de inmediato si pasa cualquier cosa —pidió.
—Sí, señorita —respondió Natalia.
Josefina colgó y se sentó en la cama con la mirada perdida en el vacío.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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