Soltó una risa burlona y le dedicó una mirada gélida.
—Además, tu sobrino ocupa un lugar demasiado importante en tu corazón. Si tuviéramos un hijo, ¿cómo lo mirarías a la cara teniendo tanta preferencia por el niño de tu hermano?
La atmósfera dentro del elevador se volvió aún más tensa, extendiendo una presión asfixiante.
—Yo amaría muchísimo a mi hijo —dijo Benjamín con voz grave.
—Esas palabras guárdatelas para decírselas a tu futura esposa.
¡Ding!
Las puertas del ascensor se abrieron y Josefina fue la primera en salir.
Benjamín observó su silueta alejarse. Sus ojos se oscurecieron mientras la seguía a paso lento.
La abuela se puso muy contenta de verla regresar, pero esa alegría no lograba iluminar del todo sus ojos.
Josefina lo notó, así que la acompañó al balcón para que tomara un poco de aire fresco y le preguntó:
—Abuela, ¿estás triste por algo?
—No es nada —respondió la anciana con una sonrisa amable—. A mi edad, ¿no es normal sentirse un poco nostálgica?
Josefina tomó las manos secas y arrugadas de su abuela.
—Pero puedo ver que no estás feliz. Abuela, ¿en qué estás pensando? ¿Me lo puedes decir?
La anciana acarició suavemente su cabello con ternura y sonrió.
—De verdad no es nada, estás imaginando cosas.
Josefina se inclinó, apoyando la cabeza en el hombro de la mujer mayor, mientras observaba cómo el atardecer cubría el cielo y el sol se escondía poco a poco en el horizonte.
De repente, le preguntó:
—Abuela, ¿tienes ganas de ir a verla, verdad?
Ese 'ella' se refería, por supuesto, a Jimena.
La abuela no dijo nada, simplemente continuó acariciando su cabello rítmicamente, con gestos llenos de amor.
Pero ese silencio era una confirmación clara.
Las pestañas de Josefina temblaron antes de continuar:
—Abuela, no tienes que preocuparte por mis sentimientos. Ella es tu hija y ahora mismo está muy enferma; es tu deber ir a verla. Mañana te acompañaré.
La mano de la anciana se detuvo por un segundo.
Antes, tal vez el cariño que sentía por la nieta que crio la había mantenido a flote, ocultando un poco la desilusión.
Pero desde que supo que Josefina no era la hija biológica de Jimena, aunque decía que no le importaba, algunas cosas en su corazón habían cambiado sutilmente.
Josefina bajó la mirada, dejando que un fugaz destello de tristeza pasara por sus ojos.
...
Esa noche, la anciana cenó una porción extra y le preguntó a Benjamín cómo seguía su salud.
Con una cálida sonrisa, él respondió:
—Abuela, mientras usted esté bien, todos nosotros estaremos bien.
La abuela asintió, satisfecha.
—Bueno, me esforzaré por llegar a los 99 años. Para entonces, seguro que ya estarán hartos de mí.
—Claro que no —intervino Benjamín—. Para entonces, dejaremos que la abuela disfrute de sus bisnietos, los hijos que Jose y yo tengamos. Así que debe cuidarse mucho.
Al escuchar esto, la anciana miró a Josefina con una expresión de pura sorpresa.
Josefina tampoco se esperaba que él dijera algo semejante y se quedó perpleja.

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