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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 427

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Benjamín, apoyado en la cabecera de la cama, escuchó sus palabras y su semblante se oscureció.

Su mirada recorrió la figura de la chica y finalmente se detuvo en su vientre.

Después de un largo momento, apartó las sábanas y se levantó de la cama.

La conciencia de Josefina era solo una nube de cansancio. En cuanto sintió que él ya no estaba a su lado, se quedó profundamente dormida.

Para cuando volvió a abrir los ojos, ya eran las dos de la tarde; había dormido casi todo el día.

Se levantó desorientada, sintiendo la cintura adolorida y las piernas débiles. En su mente, maldijo a Benjamín cien veces por salvaje.

Se dio una ducha caliente, lo cual la hizo sentir mucho más fresca y cómoda, pero al revisar los cajones de la mesa, se dio cuenta de que no había ninguna pastilla anticonceptiva.

Frunció el ceño con disgusto. ¿Acaso no había escuchado lo que le pidió?

Bajó la mirada pensativa. Quizás sí lo había escuchado, simplemente no quiso hacerlo.

Cuando Josefina salió de la habitación, escuchó desde la sala la voz grave y magnética del hombre discutiendo asuntos corporativos.

Como Josefina no entendía nada de esos negocios, se asomó por la barandilla de la escalera para observar. Abajo, en los sofás, había varios hombres impecablemente vestidos de traje tomando notas rápidamente en sus computadoras.

Habían trasladado la junta hasta la casa.

Josefina estaba a punto de retirar la mirada cuando Benjamín, que estaba en la sala, pareció presentir su presencia. Levantó la vista y sus ojos la encontraron directamente.

Sus miradas se cruzaron.

Ella apartó los ojos de inmediato, bajó las escaleras y se dirigió a la puerta de salida.

—¿A dónde vas? —preguntó la voz profunda de Benjamín a sus espaldas.

—A ver a mi abuela —respondió Josefina con frialdad.

—Estoy a punto de terminar, iré contigo.

—No es necesario —replicó ella—. Con que envíes a alguien a vigilarme será suficiente.

—No me quedo tranquilo.

Dicho esto, Benjamín dio un par de instrucciones rápidas a sus subordinados y de inmediato declaró:

—Terminamos la reunión por hoy.

Los hombres fueron muy discretos; guardaron sus cosas y comenzaron a marcharse uno por uno.

Al pasar junto a Josefina, la saludaron con suma reverencia.

—Buenos días, señora Gutiérrez.

—Hasta luego, señora Gutiérrez.

—...

Él se subió al asiento trasero y, al ver la expresión gélida de Josefina, no le dio más vueltas al asunto.

El auto avanzaba con suavidad por la calle. Al pasar frente a una farmacia, Josefina dijo de golpe:

—Frena.

El chofer pisó el freno bruscamente.

Josefina abrió la puerta y se bajó. Benjamín la observó entrar a la farmacia, y la intensidad de su mirada se oscureció.

Regresó al poco rato. Había comprado también una botella de agua y, nada más subirse al auto, se tomó la pastilla.

La temperatura dentro del vehículo bajó hasta volverse asfixiante.

Cuando llegaron a Residencial Las Jacarandas y ambos entraron al elevador, Benjamín por fin rompió el silencio:

—No tenías por qué tomarte esa pastilla, usaré preservativo.

—Y quién me asegura que no alterarás los preservativos —replicó Josefina.

El rostro de Benjamín se ensombreció por completo.

—Josefina, ¿es en serio que piensas así de mí?

—Solo me estoy preparando para lo peor —respondió ella, con una calma espeluznante—. Si por casualidad quedo embarazada, ¿qué haríamos? Yo ya no te amo, y traer al mundo a un hijo de unos padres que no se quieren es una absoluta irresponsabilidad hacia esa criatura.

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