—Señorita León, buenos días.
La voz de Jaime al otro lado de la línea era cortés y profesional.
Josefina miraba por la ventana del auto y preguntó con suavidad:
—Quiero hacer un poder notarial para todos los bienes que mi abuela transfirió a mi nombre. ¿Es posible?
—¿Qué clase de poder? —preguntó Jaime, confundido.
—El día en que la verdadera nieta de mi abuela regrese, quiero que todas las propiedades que ella me cedió le sean devueltas por completo.
—Esto...
Jaime se quedó atónito.
—Señorita León, Doña Lidia la designó a usted como la beneficiaria, no tiene por qué cargar con ese peso.
Además, él se acababa de enterar de que Josefina no era la nieta biológica de Lidia.
Josefina soltó una risa tenue.
—De todas formas, redactemos el documento notarial. Mientras ella no regrese, yo administraré los bienes por mi abuela, pero cuando aparezca, será su deber hacerse cargo de todo esto. Y por favor, no le menciones nada de esto a mi abuela.
Jaime todavía vacilaba.
—Señorita León, es un asunto muy delicado. Tendría que conversarlo primero con Doña Lidia.
—No es necesario —insistió Josefina con firmeza—. Mi abuela está en etapa de recuperación y no puede recibir impresiones fuertes. Si se entera, se enojará mucho. Supongo que no quieres ser el causante de que su salud empeore, ¿verdad?
Hubo un largo silencio hasta que la voz de Jaime volvió a escucharse.
—De acuerdo, entiendo.
—Prepara todos los documentos necesarios. Cuando llegue el momento iré contigo a la notaría —concluyó ella.
—Muy bien.
Colgó la llamada.
Josefina exhaló un largo y pesado suspiro, como si acabara de quitarse un grillete de los hombros.
Al fin y al cabo, no eran sus cosas, no le correspondían por derecho, y mantenerlas en su poder solo la llenaba de inquietud.
Lo único que podía pedir a Dios era que la verdadera nieta estuviera bien y que algún día regresara al lado de su abuela, para que su familia por fin estuviera completa.
Josefina miró por la ventana, viendo a las personas entrar y salir constantemente del hospital, pero no lograba divisar la figura de su abuela.
—¿Cómo es eso posible?
Silvia no logró darle detalles, solo seguía llorando; estaba asustada y sentía que todo había pasado de manera demasiado abrupta.
—Tranquilízate, no llores más. ¿Dónde estás? Voy para allá enseguida —le preguntó Josefina, presa de la angustia.
—Estoy en... Apartamentos Lago Azul —logró responder entre lágrimas.
Ahí tenía un pequeño apartamento que solía usar cuando quería alejarse de los sermones de sus padres.
Ahora mismo, ni loca se atrevía a volver a su casa, estaba aterrada.
—Está bien, espérame ahí, voy enseguida —le aseguró Josefina.
—S-sí... sí...
Colgó la llamada y de inmediato telefoneó a Felipe para avisarle que debía irse de urgencia.
La voz de Felipe sonó severa.
—Señorita León, espéreme un momento. Iré para allá de inmediato y la acompañaré.

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